La nueva “sencillez”

Poesía en segundos
(Especial)
(Especial)

Vivo en Suecia, publicado por Vaso Roto, de Sonja Åkesson (1926-1977), es un libro malo, pero muy interesante por lo que representó hace 50 años y por lo que significa su publicación en México. Vale la pena pensar en la gran aceptación de sus poemas y el florecimiento de un arte y una literatura populistas donde lo esencial es el deseo de “crear” lo que sea y la “oportunidad” editorial del asunto.

Åkesson descubrió tarde su vocación, pero cuando la encontró, en un taller de escritura libre, saltó de la figura de la ama de casa a la escritora comprometida con sus visiones. No era una buena poeta. Bastaría con tomar cualquiera de sus frases mecánicas y flojas para saberlo (“La culpa viene arrastrándose./ La culpa no tiene hogar”), pero vivió la poesía con un sentimiento honrado que nos muestra no solo el lugar de un problema sino el espacio de la inconformidad de la mujer y, ¿por qué no?, del hombre.

A mediados del siglo pasado comenzó en el universo de la lírica contemporánea una tercera reacción antintelectual, en consonancia con la poesía de compromiso de los años treinta y en contra de las formas sobrevivientes del simbolismo y de las propuestas especulativas y sofisticadas del cubofuturismo y el surrealismo. En Latinoamérica, la antipoesía de Nicanor Parra jugó un papel central en el repudio de la creación culta y fina y en la búsqueda de expresiones directas del habla en pos de la irreverencia. En México, Jaime Sabines realizó, acaso un poco antes, igual desplante antirretórico con una fortuna lírica asombrosa. No llamó antipoesía a sus “ordinarios” poemas, pero eran antipoemas, porque eran directos, rápidos y sueltos como en muy pocas ocasiones ocurre en la buena literatura. Lo mismo sucedió, con menos gracia, en Estados Unidos en la poesía de protesta de la generación beat —no en balde Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti tradujeron a Parra.

En ese contexto apareció la joven de la isla de Gotland, Sonja Åkesson. En la sociedad “perfecta” que fue Suecia, ella le devolvió a la poesía la capacidad de observar las “reminiscencias” de la desigualdad y la aptitud comunicativa. El estilo de la “nueva sencillez”, como llamaron los lectores y críticos a esta manera, ingenua pero eficaz, la convirtieron en la poeta más leída de su generación, al lado —cosa increíble— de Tomas Tranströmer, Lars Forssell y Lasse Söderberg, entre otros.

Los poemas de Åkesson tienen un lenguaje directo y representan un reproche y una condena de la situación “cosificada” de la sociedad y de la mujer. Tuvo sentido esta forma de proceder. ¿Lo tiene ahora? No, ni como escritura ni como lectura. Solo es cháchara rebelde y sociología literaria. Ya Eduardo Lizalde demolió esta “estética” en un retrato despiadado de Allen Ginsberg. Si vale la pena analizar a Åkesson es por el hecho de que nos deja entender cómo la violencia hacia la mujer y el “drama” de la sinceridad son, cuando no hay un arte como el de Elizabeth Bishop o Carol Ann Duffy, el camino de la publicidad.