Corrupción ilustrada

Toscanadas
Universidad del Estado de Río de Janeiro
Universidad del Estado de Río de Janeiro (Especial)

Eu estou agora no Rio de Janeiro. La ciudad está alicaída. Hay un desmorone si se le compara con lo que fue hace algunos años, antes de que se embarcara en organizar unos absurdos Juegos Olímpicos. Cuando pregunté a un grupo de brasileños para qué su gobierno había organizado tal evento, me respondieron sin titubeos: “Para robar”.

Los mexicanos conocemos bien el mecanismo del robo mediante obra pública. Se organiza un supuesto concurso. Con información privilegiada se cotiza más bajo para ganar el contrato. Luego se duplica o triplica o cuadruplica el presupuesto, mientras que la calidad de la obra se va minimizando, y entonces viene otra millonada por mantenimiento, reparaciones y adecuaciones.

En Río de Janeiro la ratería presupuestal fue tan grande y, sobre todo, fue tan escandalosa, que no hubo modo de salvar la cabeza del entonces gobernador, quien ahora está en el bote. Ahí aguardará pocos años para luego salir, desenterrar su tesoro oculto y vivir como jeque árabe, sin que para ese entonces su estado haya podido sanear las finanzas.

El nuevo gobierno no es mejor que el anterior. Si se volvió menos ladrón, es porque encontraron ya saqueadas las bóvedas estatales; y ante la necesidad de ahorrar, decidieron atacar al enemigo tradicional, al ente pensante, a la institución crítica, al semillero de resistencia: la universidad.

Optaron por abandonar la Universidad do Estado de Rio de Janeiro. Para ellos la ecuación es: dejemos a cincuenta mil estudiantes sin estudios con tal de que un puñado de pillos viva tranquilo.

Mientras esto escribo, los profesores llevan ya cuatro meses sin cobrar salarios, al tiempo que los políticos infames multiplican los suyos.

La respuesta no ha sido de deserción sino de solidaridad, de una firme resistencia, e incluso la de poner un mejor esfuerzo en la enseñanza. El ataque al derecho de la educación no hizo sino reforzar la importancia de este derecho; no hizo sino revelar la perversa intención de un Estado que se siente más cómodo con un pueblo ignorante e incapaz de generar una transformación.

La UERJ vivirá, dicen alumnos y profesores y el propio rector. Para mantener el espíritu algunos llegan disfrazados como superhéroes de cómic. Y yo estoy aquí para dar un curso sobre don Quijote como personaje heroico, como santo patrón de las causas difíciles, como hombre ético e inquebrantable. Esto como parte de un fantástico congreso de literatura comparada que se ha organizado sin presupuesto oficial, mas con mucha solidaridad de otras universidades, que no dejarán morir a una hermana. Al participar en este evento no puedo sino recordar aquella frase de los chilenos en 1962: “Porque nada tenemos, lo haremos todo”.

En fin, parece que nuestros gobernantes latinoamericanos están hechos para robar. Son ellos, y no la mayoría de nosotros, quienes padecen la corrupción como asunto cultural, tal como lo aceptó el culto Peña Nieto. Así pues, ya que hablamos de cultura, solicitemos una corrupción ilustrada: roben mientras se construyen escuelas, no pasos exprés; roben al erigir edificios, aulas, laboratorios, bibliotecas para las universidades; roben con museos, salas de conciertos y teatros, no con aeropuertos; roben con bellas ediciones de clásicos, con capacitación para los maestros, no con estadios. Conviértanse, amigos funcionarios, en corruptos ilustrados, pues es más importante un atajo a las humanidades que ahorrarse diez minutos para llegar a Acapulco.

El corrupto ilustrado igual se roba la lana, pero a cambio nos dejaría cultura, no un socavón por el que luego acaban por hundirse coches, escuelas, universidades, aspiraciones, ideas y libertades.