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Viernes , 26.04.2019 / 03:17 Hoy

Sobre el dolor

Filosofía de altamar

Sus efectos se resienten en el cuerpo físico y se desplazan hacia el centro de la conciencia moral.
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El dolor puede ser comprendido, pecando de una interpretación muy general, desde dos ópticas: “como un tipo especial de sensación transmitida por fibras nerviosas especializadas” que no necesariamente tiene que llegar a ser una sensación desagradable para un paciente, porque podría ser desde un ligero cosquilleo en alguna parte del cuerpo hasta un terrible dolor provocado por alguna grave patología. Lo característico de esta concepción de “dolor” es su carácter objetivo o médico, ya que dicha sensación tiene un origen fisiológico. El segundo tipo de dolor —el que a la filosofía interesa— es “cualquier experiencia, ya sea física o mental, que desagrade al paciente”. 

Cuando el primer tipo de dolor sobrepasa cierto umbral cabe dentro de esta segunda clasificación, convirtiéndose a veces en “sufrimiento, angustia, tribulación, adversidad o dificultad”. 

La anterior distinción la hace C. S. Lewis en El problema del dolor (The Problem of Pain, 1940), con la intención de sugerir que el dolor no puede ser comprendido de una sola manera sino que, más allá de ser un mero problema médico o de definición que responde también a innumerables sinónimos, es ante todo un problema existencial que concierne a cómo vivimos el dolor.

El problema del dolor

Del tema se ha dicho ya mucho. Sobre el dolor se han construido edificios conceptuales y versos hasta el cansancio. Aquél es la esfinge del poeta, como escribiría Gutiérrez Nájera: “¡Inmenso abismo es el dolor humano! ¿Quién vio jamás su tenebroso fondo?” El dolor es también la musa del filósofo porque, como creía Schopenhauer, no solo que el mundo exista, sino sobre todo que sea un mundo de dolor será el preludio tormentoso sobre el cual se tejen grandes pensamientos. “Es la certeza de la muerte, y junto a ello la contemplación del sufrimiento y de la miseria de la vida, lo que impulsa a la meditación filosófica y a la interpretación metafísica del mundo”.

​El dolor es el problema universal porque es capaz de reventar cualquier organismo o robarle la serenidad hasta al más fuerte; el dolor es lo necesario. No basta con la esperanza religiosa, la comprensión y el amor al prójimo, o el ejercicio de una ciudadanía impecable para librarnos del dolor, porque éste rompe cualquier vida, asesina infantes al azar, desmenuza al privilegiado y vuelve a pauperizar al pobre. Todos, sin excepción, estamos destinados al dolor. En mayor o menor grado de intensidad, no ha podido ser erradicado por la medicina, la filosofía, o la ciencia, ni por el derecho. El dolor es la capital de la humanidad en todas sus épocas.

Para el dolor existe toda una bibliografía, pero también una biblioterapia; los paliativos que se han pensado para el dolor, desde la filosofía, son recetarios éticos para la vida buena. Con la atenta lectura de los orígenes de nuestra cultura, se podría iluminar el camino espinoso del dolor.

Para los estoicos, por ejemplo, a través del ejercicio de la virtud, si bien no se puede superar la tragedia, la enfermedad y la muerte, sí el dolor que éstas conllevan. Para el griego estoico, quien no acepta su fatídico destino, quien envuelto en una patología irrevocable sigue obseso en querer cambiar su destino, no solo sentirá el dolor que estremece sus órganos, sino que éste se convertirá también en sufrimiento. Porque, como escribiría el antropólogo David Le Breton, “no hay dolor sin sufrimiento, es decir, sin significado afectivo que traduzca el desplazamiento de un fenómeno fisiológico al centro de la consciencia moral del individuo”.

Contra esta pesantez moral arremete la “virtud” del estoico, expuesta como ese paliativo contra el dolor, un paliativo que debe entenderse en términos de autoconocimiento que nos ayude a saber qué cosas y situaciones son benéficas y valiosas para uno mismo. Un conocimiento que nos hará medir nuestras propias fuerzas, valorar lo que se tiene, a pesar del hado, y no sufrir por imposibles. Porque más nos vale imaginar que en esta vida —usando la metáfora del filósofo Zenón— seamos como el perro astuto que atado a una carreta sigue el paso de las ruedas sin chistar, a ser el perro testarudo que, de todos modos, aunque se resista, estará obligado a seguir la carreta pero ahora arrastrándose y con mayor dolor al de por sí consignado por la vida. Para gran parte de la filosofía griega, con sus matices imposibles de escribir en breve, el paliativo al dolor radica en el ejercicio práctico de las virtudes, que siempre vienen antecedidas por la famosa inscripción revelada en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”, que Sócrates siempre repetiría aunando a ella la verdad de que “una vida sin examen no vale la pena ser vivida”. Así, en la época clásica, el dolor o el sufrimiento vienen de la mano de la ignorancia; mientras que del manantial del conocimiento se desprende la medicina para el dolor.

El Medioevo y su herencia cultural encumbrada en el cristianismo dieron a la filosofía pretextos para enaltecer y sugerir el dolor —paradójicamente— como el modo de salvarse del dolor, pero no del dolor de esta vida, sino del dolor que se desvanece en el metarrelato de una vida eterna. La penitencia, los ayunos, el ascetismo, la renuncia, el sufrimiento común y la compasión son algunas de las prácticas dolorosas que le asegurarán al individuo el paso a una trascendencia sin dolores. 

Basta recordar a San Agustín de Hipona, quien en sus Confesiones asegura que el arrepentimiento, el claustro, la renuncia a los placeres mundanos, esos de los que tanto gozó en el pasado, no podrían ser parte de su dedicación exclusiva a la Verdad, a su dios; o a Pedro Abelardo y su historia de amor con su alumna Eloísa, que tan solo después del castigo físico impuesto por el tío de la muchacha —una dolorosa castración— le llegó la tan añorada recompensa. El dolor que “le arrancó las partes con las que pecaba” le devolvió la serenidad de su cuerpo y la posibilidad de dedicarse enteramente a la filosofía. El ascetismo, que es una negación de la vida porque afirma el dolor, es para el filósofo medieval la única manera digna de dedicarse al pensamiento.

Pero esta glorificación que hace el cristianismo del dolor no deja de tener su matiz de cobardía, porque exalta el sufrimiento en la creencia de superar el último terror, ese que produce el dolor más hondo cuando lo experimentamos en cabeza ajena. Esa posibilidad irrefutable, inescrutable, intransferible, que siempre se ve antecedida por los dolores más insoportables y por la agonía: la muerte que aniquila toda vida. El dolor es también la esfinge de muchas religiones, el impulso para compensar los sufrimientos de esta existencia es la expectativa en una vida eterna, en la reencarnación, en un trasmundo perfecto. En esa ironía de una vida sin muerte, sin dolor, se encuentra la inspiración de algunas religiones.


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