Trimalciones, hoy

Bichos y parientes
Petronio
Petronio (Especial)

El Satiricón es una obra extraña. Sobrevivió de modo fragmentario, incompleta. Petronio, su autor, fue un hombre culto, refinado y encumbrado; fue cónsul y sobrellevó un título único, que le otorgó Nerón: “Árbitro de elegancia”. Cuentan los expertos que Petronio escribió o dictó su obra para afrentar al emperador. Una vez que la olla podrida de sus burlas quedó lista, la lacró, destruyó su anillo y se dedicó a suicidarse muy lentamente: recibió visitas, comió y bebió mientras se desangraba poco a poco en su terma. Como Séneca, pero más elegante, sin patetismo y, si los historiadores aciertan, su muerte debería ser recordada con admiración: le arrojó en plena jeta, a Nerón, un sarcasmo quizá nunca igualado, ni siquiera por aquella otra obra, de nombre tan ridículo como su objeto: la Apocolocintosis del divino Claudio, supuestamente escrita por Séneca para burlarse de un emperador odioso que quiso convertirse en dios y solo alcanzó a convertirse en calabaza. Pero Séneca escribió su sátira contra un cadáver: Claudio había muerto. En cambio, Petronio tuvo los arrestos para escupir al emperador vivo. Tenía que morir.

El Satiricón es obra satírica y sarcástica. No es comedia ni parodia; es hardcore. No hace reír sino de modo fragmentario, por momentos apenas y por cosas ridículas. Pero lo más intrigante es cómo sus lectores interpretan la obra según su perspectiva social y política. Durante algunas épocas parece mover a risa; en otras, al miedo, o a la ira y la condena moral. Pero hay un registro de lectura que no empata con aquellas otras, que parecen demasiado vivaces: la tristeza, o la melancolía. Y quizá no haya cosa más triste que leer una sátira y hallarse triste. Pero eso sucede con el pasaje central de la obra: la famosa cena en casa de Trimalción (fragmentos 26–78) que ridiculiza a Nerón. Un liberto que tiene como encargo el cobro de los impuestos y acaba volviéndose infinita y ridículamente rico. Y de ahí la tristeza: los diálogos, las conversaciones y viboreos que deja entrever Petronio: gente que desprecia a otra gente por su modo de vestir, su habla, su pobreza. Y ese chismorreo tiene lugar entre verdaderos criminales: funcionarios serviles y corruptos, enriquecidos por el soborno o la extorsión. Pero es la gente elegante de Roma, los pudientes, los ricos. Pueden inocularse venenos por modales o indumentaria, denostar a la chusma por su grosería y su indignación, pero ya ni siquiera son capaces de reparar en que ellos mismos son el mal y la putrefacción.

Muchos leyeron con hilaridad el pasaje petroniano. Entiendo la risa, pero mi lectura es melancólica porque no hallo diferencia entre aquella corrupción y la nuestra, actual, en México: hijos de líderes sindicales con Ferrari, la hija del presidente motejando de “prole” a la chusma airada contra la corrupción, secretarios haciéndose videos para agradecerse a sí mismos y a su jefe unas obras públicas hechas de sobornos y muertos. Como si el mal estuviera en la prole que se indigna. Murió Petronio y a Nerón le importó un cuerno.