¿Año nuevo? La irrealidad del tiempo

La física moderna defiende la noción de que el Universo está hecho de pasado, presente y futuro
(Especial)
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Según la idea de espacio tiempo que tenemos de la física moderna podría ser que el año no sea tan nuevo como pensamos. Hemos aprendido mucho de la naturaleza del tiempo y a partir de la física se han desarrollado corrientes filosóficas que podrían cuestionar la manera como lo vemos. Intuitivamente, pensamos que el tiempo fluye y que los procesos se desenvuelven en él como una secuencia que conserva la dirección siempre fija hacia al futuro. Sin embargo, las exitosas teorías modernas sobre el Universo dicen que el tiempo no fluye: está ahí con su pasado y su futuro.

El récord de periodos cortos medidos con instrumentación pertenece a los físicos de Óptica y Láseres, quienes han podido controlar el tiempo hasta los 12 atto-segundos (un atto-segundo es la trillonésima parte de un segundo).

Si además de instrumentación hacemos uso de cálculos entonces son los físicos de partículas elementales los que han podido medir el instante más breve en la naturaleza. El bosón “” es una partícula muy pesada que durante su instantánea vida viajando a una velocidad cercana a la de la luz no alcanza a recorrer el diámetro de un átomo. Esta partícula vive tan solo dos décimas de yocto–segundo,  y un yocto-segundo es 0.000 000 000 000 000 000 000 001 segundos. Es decir, el llamado Zeta-Cero vive dos décimas partes de una cuatrillonésima de segundo. Este es el tiempo “medido” más corto que tenemos. 

También podemos medir tiempos muy largos. Hoy sabemos que nuestro sistema solar se formó con los restos que dejó la explosión de una estrella hace 6 mil 600 millones de años. Esto lo hemos podido cronometrar comparando las abundancias de los distintos isotopos de Uranio. Más aún, al mirar a las galaxias que se alejan de nosotros hemos podido inferir que la edad del Universo es 13 mil 800 millones de años.

La vida del Universo es muy breve para lo que podemos medir en grandes escalas de tiempo. Hemos podido determinar la vida media de elementos que decaen en cuatrillones de años.

No tenemos más prefijos para nombrar la magnitud de los intervalos de tiempo gigantescos,  como los que usamos al momento de poner el límite en el tiempo que vive un protón si pensamos que este decae.

La ciencia moderna ha logrado conceptualizar intervalos de tiempo que van de los yocto-segundos a los miles de millones de quintillones, que se ubican mucho más allá de los  yotta-.

En la determinación de tiempos de gran escala hemos llegado tan lejos que su inimaginable magnitud tendrá más sentido en nuevas teorías de la física que vengan a describir lo que ahora es insospechado.

Sin embargo, a pesar de la destreza que hemos logrado al medir el tiempo, su naturaleza sigue siendo un misterio.

Acostumbramos mirar al tiempo como un ordenamiento de los eventos del pasado al futuro, pero la física moderna cuestiona esta manera cotidiana de imaginarlo. Para los físicos actuales el tiempo no es algo independiente de los eventos y pensar que estos ocurren en secuencia, como si el tiempo fuera un recipiente que los contiene, no es más aceptado. En la actualidad pensamos que el espacio y el tiempo están íntimamente ligados y que ambos se pueden distorsionar como si fueran plastilina.

Una idea muy antigua que reaparece cada vez que, por una u otra razón, nos percatamos de la fugacidad que hay en todo lo que nos rodea, es la que establece la frase: “El paso del tiempo es solo una ilusión”.

Ya antes de Sócrates los filósofos se plantearon esto mismo. Parménides sugería que no existe el cambio. Aunque puede parecer chocante, es posible que esta visión de la naturaleza sea correcta.

Hoy la antigua concepción del tiempo como espejismo ha sido incorporada a la física moderna en uno de sus aspectos más fundamentales, que también acaba por decirnos mucho de lo que somos.

El Universo está hecho de todos los momentos: del pasado, del presente y del futuro. Ya todo está ahí. El Universo es todos los instantes y no solo el momento breve que se nos escapa con sigilo. El pasado no se ha ido porque es parte del tiempo y del espacio que forman la estructura del Universo. La historia y el porvenir son parte del “bloque de tiempo” aunque nosotros solo podemos percibir aquello a lo que llamamos presente. El Universo es pues todo el espacio y todo el tiempo. 

Esta manera de ver las cosas es conocida como “eternalismo” y se inspira en la teoría de relatividad donde se describe al Universo como dotado de cuatro dimensiones que incluyen al espacio y al tiempo. En la manera común de pensar la realidad solo hay tres dimensiones espaciales que están sujetas al paso del tiempo. El presente no es toda la realidad, el futuro y el pasado también la conforman.

De acuerdo con la corriente eternalista uno podría ir al pasado o visitar el futuro de la misma manera como se camina por la calle. Trasladarse en el espacio es equivalente a viajar por el tiempo aunque no hemos aprendido los aspectos técnicos para hacer esto último.

No sabemos de la existencia de una quinta dimensión pero en caso de que la tengamos uno podría pensar en salir por la vía extra dimensional sustrayéndose de las otras cuatro dimensiones. ¿Quizá desde ahí podríamos ver el pasado y el futuro como vemos desde lo alto de un edificio el horizonte formado por dos dimensiones que se extienden a nuestros pies?

Como usted se imaginará, hay físicos que argumentan que el tiempo fluye y que es diferente del espacio. Hay muchas ideas aunque unas son más aceptadas que otras por el éxito que han alcanzado al ser incorporadas en algún marco conceptual. En el mundo del conocimiento científico nada es para siempre, las concepciones cambian aunque Parménides opine lo contario. Hay también estudiosos del cerebro que buscan entre las neuronas el origen de la conciencia con la esperanza de que al encontrarla se entenderá por fin la manera como concebimos el tiempo.

Un año es el tiempo que le toma a nuestro planeta dar la vuelta al Sol. Este juego de los astros tiene una duración de 526 mil minutos. Todo lo que pasó  durante la ejecución de esta danza celestial está en el recuerdo y en la trama de espacio y tiempo que conforma nuestra existencia. Lo que ocurrirá en el año que comienza también está ahí aunque nosotros tendremos siempre la impresión de estar eligiendo lo que determinará nuestras vidas. Pensaremos que hacemos camino al andar sin saber que el camino está hecho y que el porvenir está ya moldeando todo lo que somos. El 2018 está sobre la mesa pero quizá siempre lo estuvo.