Manson: expediente 69–8796

Los paisajes invisibles
Charles Manson
Charles Manson (Especial)

Entre los expedientes de defunciones VIP del forense japonés Thomas T. Noguchi (Marilyn Monroe, Robert Kennedy, Janis Joplin, William Holden, Natalie Wood y John Belushi, entre otros), había un archivo con el folio 69–8796. El documento se refería a los asesinatos de Sharon Tate y sus acompañantes en la casona del 10050 de Cielo Drive, perpetrados el 8 de agosto de 1969, cuando la Familia Manson hizo su primera acrobacia mortal en el Psycho Circus californiano. De origen japonés, Noguchi fue forense del condado de Los Ángeles entre 1961 y 1982, y lo despidieron con cajas destempladas, según algunos por chismoso, él dijo que por xenofobia, pero lo que vio, averiguó y dedujo de las escenas del crimen, le sirvieron para armar sus propias tesis sobre fenómenos extremos.

A Sharon Tate le pusieron una soga al cuello y, como a sus amigos, le asestaron decenas de puñaladas; a dos les dispararon y cubrieron sus cabezas con fundas de almohada. Para Noguchi esos detalles, más las pintas sanguinolentas en los muros (“Cerdos”, “Caos”, “Levántate”) le parecieron un homicidio ritual, y trató de confirmarlo con el ataque a los LaBianca dos días después, de macabras similitudes.

Charles Manson y sus secuaces cayeron por casualidad (una redada en el Rancho Spahn) y entonces comenzó su mito: hijo de una prostituta adolescente, orfanato, cárcel e infinidad de historias truculentas, la prensa lo convirtió en un demonio manipulador, un cerebro deletéreo capaz de devastar a toda la Unión Americana. Sin embargo, para Thomas T. Noguchi, aquel tipo chaparro, nervudo y barbón era alguien más elemental. Junto con el psiquiatra Frederick Hacker, armó el rompecabezas y concluyó que el móvil fue una simple venganza y no la consecuencia de un delirio mesiánico ni de una psicopatía germinada por abusos e indigencia: Manson eligió la casona que habitaba Sharon Tate para llevar a cabo su revancha, y los LaBianca solo fueron chivos expiatorios para desviar la atención policiaca. Y es que exactamente un año antes de la matanza, Manson grabó sus canciones para el cazatalentos Gregg Jacobsen, fue a una fiesta en casa de Dennis Wilson (ex Beach Boy), y conoció a Terry Melcher, hijo de Doris Day, quien prometió producirle un álbum. Melcher, apunta Noguchi, vivió en el 10050 de Cielo Drive. Por tanto, si alguien tenía que pagar por la “traición”, por desgracia fue una embarazada Sharon Tate y sus amigos, que se hallaban en esa casa.

Más que gurú, Charles Manson fue un histrión. Megalómano y ávido de fama, sus ambiciones hallaron una válvula de escape en la leyenda negra, pero leyenda al fin, pues tal vez no era tan hipnótico ni persuasivo ni sagaz, y solo tuvo suerte para embaucar a esas chicas inmaduras e ignorantes (Patricia Kerkwinkle escribió con sangre, y error de ortografía, el título de la rola de los Beatles en la pared de los LaBianca: “Healter Skelter”. Healter y no Helter ) en una época ansiosa de albedrío: las comunas ideales como las de Easy Rider (Dennis Hopper, 1969); Ken Kesey, los Merry Pranksters y el LSD; el orgasmo sin límites, sin pausa.

Manson no fue como el Reverendo Jim Jones de Guyana ni como David Koresh (el davidiano de Waco, Texas) ni como Marshall Applewhite (líder de la secta Heaven’s Gate) pero mediáticamente poseyó un aura más malévola que la de aquéllos hasta su fin de simple mortal, o inmortal, si es que resurgen sus canciones, como sucedió con “Look at Your Game, Girl” que Guns’n Roses grabó en The Spaghetti Incident?, o si retorna como en Las chicas (2016), novela de Emma Cline inspirada en la menor (y única arrepentida) de la Familia Manson, Linda Kasabian… ¿Kasabian? El nombre de la banda inglesa es en su honor, homenaje similar al del tal Brian Hugh Warner, alias Marilyn Manson, y, bueno, tal vez hay mucho por venir: ese chaparro, nervudo y barbón consiguió más de lo que pudo obtener cantando sus baladas lentas y melosas.

@IvanRiosGascon