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Martes , 13.11.2018 / 09:40 Hoy

Los palacios de los cinéfilos

Reseña

"Hubo un tiempo, no hace muchas décadas, en que las masas populares de todo el mundo, de todo el país, de la Ciudad de México, asistían a palacios deslumbrantes para asomarse a realidades pasmosas"
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Espacios distantes aún vivos. Las salas cinematográficas de la Ciudad de México es una investigación de Francisco Haroldo Alfaro Salazar y Alejandro Ochoa Vega, publicada en 1997 por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, que después de una reimpresión en 1999 se volvió a editar en 2015.

La edición 2015 reproduce los prólogos de 1997 del arquitecto Humberto Ricalde y del crítico cinematográfico Gustavo García, ambos fallecidos. Ricalde comenta que la de los cines del siglo XX fue una arquitectura pensada para la convivencia, el encuentro y el esparcimiento de la sociedad en su más amplio espectro, que requiere, con urgencia, ser rescatada de la destrucción que se ha ensañado con ella.


Gustavo García dice: “Hubo un tiempo, no hace muchas décadas, en que las masas populares de todo el mundo, de todo el país, de la Ciudad de México, asistían a palacios deslumbrantes para asomarse a realidades pasmosas, a los más impresionantes espectáculos de la imaginación y la ciencia, o dicho de otro modo, a ver cine”.

Las salas de cine, ideadas por empresarios, arquitectos, técnicos, artistas plásticos, vivieron su esplendor entre los años cuarenta y ochenta del siglo XX. Eran, como señala Gustavo García, auténticos palacios, algunos con esculturas, fuentes, escaleras de mármol, lámparas de araña y otros lujos inimaginables en los actuales complejos cinematográficos.

En 1985, con el sismo del 19 de septiembre, comenzó el declive de los grandes cines. Algunos de ellos fueron destruidos: el Roble, el Regis, el Internacional, el Del Prado, el Encanto, entre muchos otros que desde entonces permanecen como fantasmas, en ruinas, abandonados, víctimas de la ignorancia o, peor aún, de la especulación inmobiliaria.

Los autores estudian la arquitectura de esos cines que hoy forman parte del pasado, y al hacerlo realizan un recorrido por la historia de la ciudad, por sus escenarios y hábitos de diversión. Realizan la larga lista de los cines con que contaba la Ciudad de México y nos dicen en qué se han convertido los edificios que aún sobreviven: en tiendas departamentales, mercados, templos, sex shops, bares y solo uno de ellos (el Bella Época) en centro cultural.

Los autores proponen alternativas para la conservación y reutilización de los edificios de los viejos cines, volverlos complejos culturales con auditorios, galerías, salas de convenciones, salas cinematográficas y tantas otras que, seguramente, volverían a darle esplendor a sitios tan emblemáticos como el Cosmos, el Mariscala, el Orfeón o el Ópera.


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