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Los Libros de Laberinto

Reseña

En las novedades editoriales: presentamos un fragmento de 'Amor armado' de Jennifer Clement y 'jaque al psicoanalista' de John Katzenbach; la UNAM lanza 'Memorial del 68', Maruan Soto en 'El mal menor' narra la historia de un emperador de E.U.A
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Valentia ante la soledad

Brutal, violenta y bella al mismo tiempo, Amor armado está narrada y protagonizada por un personaje que combina las dosis justas de inocencia, ternura y dureza. Pearl, una niña de doce años que ha vivido toda su infancia en una caravana, debe enfrentarse al mundo de la soledad y la violencia con valentía y no tiene más remedio que crecer. 

FRAGMENTO

¿Yo? Me crié adentro de un carro, y cuando vives en un carro no te preocupan las tormentas ni los relámpagos, lo que atemoriza es una grúa.

Mi madre y yo nos mudamos al Mercury cuando ella tenía diecisiete años y yo era una recién nacida. Así, nuestro carro, a la orilla de un campamento de casas remolque en medio de Florida, fue el único hogar que conocí. Vivíamos el día a día, sin pensar demasiado en el futuro.

Mi madre había comprado el viejo carro cuando cumplió dieciséis años de edad.

Era un Mercury Topaz automático de 1994 que alguna vez había sido rojo, pero al que se le había recubierto con varias capas de color blanco; pues mi madre lo pintaba de año en año como si se tratara de una casa. La pintura roja aún se asomaba debajo de los rayones y las raspaduras. Por la ventana de enfrente se veía el campamento y un gran anuncio que decía: “BIENVENIDOS AL CAMPAMENTO DE CASAS REMOLQUE INDIAN WATERS”.

Nuestro carro yacía apagado debajo de un letrero que decía “ESTACIONAMIENTO PARA VISITAS”. Mi madre creyó que estaríamos allí solo por uno o dos meses, pero nos quedamos durante catorce años.

A veces, cuando la gente le preguntaba cómo era vivir adentro de un carro, mi madre respondía: “Siempre anda uno en busca de una regadera”.

Lo único que realmente nos preocupaba era que llegara alguien de los Servicios de Bienestar de la Infancia. Mi madre temía que a alguien de mi escuela o de su trabajo se le ocurriera llamar al número telefónico de asistencia contra el maltrato y que a mí me llevaran a un albergue temporal.

Reconocía las siglas semejantes a las letras de descanse-en-paz que aparecen en las lápidas. SLPI (Servicios Legales de Protección para la Infancia), CT (Cuidado Tutelar), FS (Familia Sustitutiva).

—No podemos andar por ahí haciendo demasiados amigos —decía mi madre—. Nunca falta alguien que quiera ser santo y sentarse en una silla en el cielo. Un amigo puede convertirse en alguien dispuesto a presentarte ante un juez en cualquier momento.

—¿Desde cuándo a vivir en un carro se le puede llamar maltrato? —me preguntaba sin esperar respuesta.

El campamento se localizaba en el condado de Putnam. La tierra había sido desbrozada para que alojara al menos quince casas remolque pero eran solo cuatro las que estaban ocupadas. En una de ellas vivía mi amiga April May con sus padres, Rose y el sargento Bob. El pastor Rex habitaba una para él solo mientras que la señora Roberta Young y su hija Noelle ocupaban otra junto al deteriorado parque recreativo. Una pareja mexicana, Corazón y Ray, vivía en una que se encontraba en la parte trasera del campamento, lejos de la entrada y de nuestro carro.


No vivíamos al sur de Florida cerca de playas tibias ni del Golfo de México. Ni de naranjales o cerca de San Augustine, la ciudad más antigua de Estados Unidos. No estábamos cerca de la región de Everglades, donde nubes de mosquitos y un espeso follaje de vides resguardaban a delicadas orquídeas. Miami, con sus ritmos cubanos y sus calles llenas de convertibles, implicaba un largo viaje. El Reino Animal y el Reino Mágico se ubicaban a millas de distancia. Estábamos en ninguna parte.

Al campamento lo rodeaban dos carreteras y un riachuelo al que todos llamábamos río pero era sólo un pequeño cauce que salía del río Saint John. El basurero público estaba en la parte trasera del campamento por entre los árboles. Respirábamos del tufo de la basura. Respirábamos de los gases de lo podrido y la corrosión, de baterías oxidadas, de comida descompuesta, de residuos letales del hospital, de olores a medicamentos y nubes de químicos de limpieza.

Mi madre decía:

—¿Quién escombraría el suelo para construir un campamento de casas remolque y un basurero encima de una sagrada tierra de indios? Esta tierra pertenece a las tribus Timucua y sus espíritus andan por todos lados. Si plantas una semilla, crece algo diferente. Si plantas una rosa, surge del suelo un clavel. Si plantas un limonero, esta tierra te devolverá una palmera. Si plantas un roble blanco, brotará un hombre alto. Aquí la tierra es un rompecabezas.

Mi madre tenía razón. En nuestro pedazo de Florida todo estaba al revés. La vida era como un zapato en el pie equivocado.


Jennifer Clement: Amor armado

, Lumen, México, 2018.



Memorial del 68


FRAGMENTOS

Ana Cecilia Lazcano sobre el volumen I: Transitar por algunos de los hechos, de las posturas, de las reflexiones que movían el ámbito universitario unos meses antes y unos después que iniciara el movimiento estudiantil de 1968 es recorrer —parcialmente— la geografía social, política y cultural de nuestro país en plena efervescencia (...). Tres partes trazan este mapa para no olvidar, los hechos, las letras y el mundo. Los textos son una selección de lo publicado por la Revista de la Universidad entre septiembre de 1967 y noviembre de 1968.

Jorge Volpi: Paradójicamente, la herida del 68 abrió muchas puertas para la generación de una ciudadanía más actual. Permitió el inicio de procesos de transformación para que los medios de comunicación evolucionaran hacia su independencia y su abierta crítica hacia el gobierno, suscitó un espíritu crítico más amplio, refrendó la autonomía de la UNAM, evidenció el peso de los dogmas de todo signo, le aseguró a la juventud que debía seguir luchando por hacer oír su voz y manifestarse, es decir, en todo orden y para todos los efectos, situó claramente a los mexicanos en su momento histórico y les permitió ver la gran distancia que los separaba de la verdadera democracia.

Ricardo Raphael: Las causas del feminismo, del ambientalismo, de la democracia, la no discriminación, la transparencia, los derechos humanos, la libertad de expresión o la lucha contra la corrupción, encuentran de un modo u otro en el 68 una matriz de gestación.

Rolando Cordera Campos: El movimiento de 1968 es un parteaguas en el camino a la democracia. Pero, a la vez, hoy se le puede ver como la consumación de movilizaciones y confrontaciones sociales que cubrieron buena parte de la década de los años cincuenta. 

Sandra Lorenzano: Con su máximo desarrollo a partir de los años sesenta del siglo pasado, las luchas por los derechos de las mujeres, en primera instancia, y por las minorías sexuales, posteriormente, desafían los códigos tradicionales vinculados con la moral sexual, las relaciones entre los sexos, y los sistemas de disciplinamiento y control de los cuerpos. 

José Luis Paredes Pacho: Desde el ámbito roquero, la generación de La Onda (1966-1972) antecedió, acompañó y sobrevivió al 68, rompiendo a su manera con el consenso del régimen: el ideal jipiteca de crear una especie de heterotopía fuera de El Sistema podría tacharse de ingenuo, una mera visión pastoral lejana al realismo de la política como profesión o militancia, pero no por ello menos sintomática de la urgencia social por construir una ciudadanía activa ante un Estado que trataba a todos sus ciudadanos como menores de edad.

Marta Lamas: Varias mujeres feministas somos producto del 68, y haber participado en esa lucha nos generó un sentido compartido de la vida política. Venir del 68 implicó tener una comprensión tácita sobre la importancia de la participación ciudadana, sobre la fuerza de la movilización, sobre la necesidad de expresar una propuesta para cambiar el tipo de relaciones sociales; o sea, implicó sostener el anhelo del 68 respecto de una transformación cultural.


Memorial del 68

(Ana Cecilia Lazcano y Víctor Cabrera, editores), volúmenes I y II, Dirección de Literatura, UNAM, México, 2018.



Emperador de Estados Unidos

A finales del siglo XIX, en Estados Unidos, un empresario venido a menos desafió los poderes establecidos en Washington. Joshua Abraham Norton I se autoproclamó emperador de Estados Unidos y, más tarde, protector de México. Salvo una que otra mención, su recuerdo se perdió en el olvido. Una de las pocas fotografías que le sobrevivieron se encuentra en San Jacinto de las Palmas, pueblo de montaña y próximo al mar en el norte de México, donde ha muerto Don Andrenio, su regidor, terrateniente y benefactor. Sus últimas palabras imploraron evitar que el heredero de la familia Gracián fuera suplantado por Aurelio Guevara, ambicioso y manipulador, que amenazaba a un lugar como tantos en el país, hecho a la tranquilidad de sus vicios.

El fracaso del nuevo gobierno propiciará la farsa de un régimen de ficción que ocupará el lugar de la realidad. Norton I replicó a Napoleón. El joven Andrenio Gracián seguirá la imagen del emperador. Ante la corrupción y los abusos del poder atrás del poder que representa la falta de escrúpulos de Aurelio, San Jacinto de las Palmas optará por ser súbdito del mal menor.

Satírica y al mismo tiempo cruda y desencantada, El mal menor es, en más de un sentido, una fábula política que juega con los defectos y miedos de la vida pública mexicana.


Maruan Soto Antaki: El mal menor

, Alfaguara, México, 2018.


Regreso a terapia 

Han pasado cinco años desde que el doctor Starks acabó con la pesadilla que casi le cuesta la vida y que arrasó con todo lo que había sido hasta entonces, descubriéndole las facetas más oscuras del alma humana y también la suya.

Desde entonces, ha logrado reconstruir su vida profesional y vuelve a ejercer de psicoanalista instalado en Miami, atendiendo a adolescentes con graves problemas psicológicos y también a pacientes adinerados de la sociedad de Florida.

Sin embargo, una noche, cuando entra en su consulta, descubre tumbado en el diván a aquel al que había dado por muerto. Rumplestilskin ha vuelto y esta vez no busca acabar con él sino solicitar su ayuda. Por supuesto, no aceptará un no por respuesta.


FRAGMENTO

La pesadilla era siempre la misma: un reflejo distorsionado de la realidad, pervertido por el sueño, que lo atormentaba. Odiaba cada uno de los segundos que duraba:

Estaba escondido en el exterior de las ruinas carbonizadas de su casa de veraneo de Cape Cod, bajo una andrajosa lona que ocultaba su figura, esperando al asesino que llevaba semanas acosándolo. La amenaza inicial —“Suicídese o un inocente morirá”— se había convertido en él o yo. La pistola semiautomática le quemaba en la mano. Mientras esperaba escondido, en el sueño veía al asesino maniobrando en medio de la penumbra nocturna, tal como había sucedido en la vida real hacía cinco años. Le daba la espalda. Él levantaba el arma. Pero cuando el asesino se volvía bruscamente, empuñando una pistola, el sueño abandonaba la realidad y la historia. En aquella repentina pesadilla, primero se le empañaban las gafas y la silueta del asesino se volvía borrosa, hasta fundirse con la oscuridad. Después se le encasquillaba la pistola. Era como si se le hubiera congelado el dedo en un gatillo atascado y, por fuerte que apretara una y otra vez, el arma no se disparaba. Y entonces la pistola se le desintegraba en la mano y se convertía en un montón de fragmentos inútiles que caían a sus pies. En el sueño veía al asesino apuntándolo con su arma. Y entonces chillaba: “¡Eso no está bien! ¡No es así como pasó!”. Pero su grito quedaba tapado por el disparo del asesino, y era como si estuviera fuera de su cuerpo, viendo cómo la bala le atravesaba el corazón y cómo la sangre de su vida pasada se derramaba por el suelo.

Y entonces se despertaba. Yacía entre las sábanas empapadas de sudor, examinando la pesadilla y tratando de determinar qué cosa había oído, visto o recordado exactamente durante aquel día que hubiera podido desencadenar aquel sueño, mientras dudaba de que pudiera volver a dormirse fuera la hora que fuese.


Sabía que el sueño mezclaba lo sencillo y lo complejo en un pantano emocional. Lo comprendía y, aun así, no quería hacerlo. Como su figura aquella noche bajo la lona, combinaba lo oculto con lo vulnerable. En la realidad, había sido letal yendo un pasito por delante. En el sueño, se convertía en una víctima yendo un pasito por detrás. Y, a pesar de ser psicoanalista, se le escapaba su verdadero significado. Próximo, pero esquivo.


John Katzenbach: Jaque al psicoanalista

, Ediciones B, México 2018.



—G. O.

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