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Viernes , 19.10.2018 / 17:53 Hoy

Los libros de Laberinto

Reseña

Liberación animal, de Peter Singer, emblema de la lucha por los derechos de los animales; El escritor en el mundo, del Nobel V. S. Naipaul; La pirámide de fango, un thriller de Andrea Camilleri; y La conspiración del 68
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Fango

Profundamente afectado por la muerte del joven François, y mientras intenta asimilar lo que esta pérdida significa para Livia y para él, Salvo Montalbano tiene que sobreponerse al cansancio y al desánimo antes de enfrentarse a un caso ligado a esa lacra que, por desgracia, tanto abunda en el mundo de hoy: la corrupción política en las adjudicaciones de obra pública.

Como si el tiempo y el paisaje reflejaran el estado de ánimo del comisario, una lluvia pertinaz y copiosa cae sobre Vigàta e inunda sus calles y sus campos. En un solar abandonado, que el agua ha transformado en un lodazal, el cadáver del joven contable Giugiù Nicotra aparece con un disparo en la espalda. La investigación exige todo el ingenio de Montalbano y sus ayudantes y, a medida que el comisario va aclarando el enigma, surge otro tipo de fango: el de los favores, las contratas amañadas y las concesiones fraudulentas. Montalbano no está dispuesto a mirar hacia otro lado y, fiel a su carácter, no cejará hasta llegar al fondo de la cuestión; sin embargo, hay algo que no encaja: ¿por qué la víctima se arrastró para morir dentro de un tubo de canalización del agua.


Camilleri, Andrea: La pirámide de fango, Salamandra, España, 2018. 


Tiranía humana

Este revolucionario libro inspiró, desde su publicación original en 1975, un movimiento mundial de defensa de los derechos de los animales que aspira a transformar nuestra actitud hacia ellos y eliminar la crueldad que les infligimos. Peter Singer denuncia el prejuicio de creer que existe una especie, la humana, superior a todas las demás, y expone la escalofriante realidad de las granjas industriales y los procedimientos de experimentación con animales, echando abajo las justificaciones que los defienden y ofreciendo alternativas a un dilema moral, social y medioambiental. 

FRAGMENTO

Este libro trata de la tiranía de los humanos sobre los no humanos, una tiranía que ha causado, y sigue causando, un dolor y un sufrimiento solo comparables a los que provocaron siglos de dominio de los hombres blancos sobre los negros. La lucha contra ella es tan importante como cualquiera de las batallas morales y sociales que se han librado en años recientes. La mayoría de los lectores pensará que lo que acaba de leer es una tremenda exageración. Hace cinco años también yo me habría reído de estas afirmaciones que hoy escribo con absoluta seriedad. Hace cinco años desconocía cosas que ahora sé. Si lee este libro con atención, especialmente los capítulos segundo y tercero, acabará sabiendo tanto como yo acerca de la opresión de los animales, al menos todo lo que se puede incluir en un libro de tamaño razonable. Podrá juzgar entonces si mi párrafo inicial es una exageración fuera de tono o una moderada valoración de una situación muy desconocida por el público general. Así pues, por el momento no le pediré que se crea este párrafo. Lo único que pido es que reserve su juicio hasta que concluya la lectura del libro.

Poco después de haber comenzado este libro, a mi mujer y a mí—vivíamos en Inglaterra por aquel entonces— nos invitó a tomar el té una señora que había oído que yo pensaba escribir una obra sobre animales. Le interesaban mucho los animales, nos dijo, y tenía una amiga que ya había escrito un libro sobre el tema y que estaría encantada de conocernos. Cuando llegamos, la amiga de nuestra anfitriona ya estaba ahí y, ciertamente, estaba deseosa de hablar de animales. “Adoro a los animales”, comenzó; “tengo un perro y dos gatos, y se llevan maravillosamente bien. ¿Conoce a la señora Scott? Dirige una pequeña clínica de animales domésticos...”, y se disparó. Hizo una pequeña pausa mientras se servían los refrescos, cogió un sándwich de jamón y nos preguntó qué animales domésticos teníamos nosotros. Le respondimos que no teníamos ninguno. Nos miró sorprendida y dio un mordisco a su sándwich. Nuestra anfitriona, que ya había terminado de servir el té, se unió a nosotros e intervino en la conversación: “Pero a ustedes sí que les interesan los animales, ¿no es así, señor Singer?”. Intentamos explicarle que estábamos interesados en evitar el sufrimiento y la miseria; que nos oponíamos a la discriminación arbitraria, que considerábamos que está mal causar sufrimiento innecesario a otro ser, incluso si ese ser no pertenece a nuestra propia especie, y que sí creíamos que los humanos explotan despiadada y cruelmente a los animales y queríamos que esto dejara de ser así. Aparte de esto, dijimos, no nos “interesaban” especialmente los animales. Ninguno de los dos habíamos estado excesivamente apegados a perros, gatos o caballos como lo está mucha gente. A nosotros no nos “encantaban” los animales. Simplemente queríamos que se les tratara como seres independientes y sensibles que son, y no como medios para fines humanos, como se había tratado al cerdo cuya carne estaba ahora en los sándwiches de nuestra anfitriona.

Este libro no trata sobre mascotas. Es probable que su lectura no resulte agradable a quienes piensan que el amor por los animales no requiere más que acariciar a un gato o echar de comer a los pájaros en el jardín. Más bien, se dirige a la gente que desea poner fin a la opresión y la explotación dondequiera que ocurran y que considera que el principio moral básico de tener la misma consideración hacia los intereses de todos no se restringe arbitrariamente a los miembros de nuestra propia especie. Suponer que para interesarse por este tipo de cuestiones hay que ser un “amante de los animales” es un síntoma de que no se tiene la más ligera sospecha de que los estándares morales que los humanos nos aplicamos a nosotros mismos se podrían aplicar a otros animales. Nadie, salvo un racista que calificase a sus oponentes de “amantes de los negratas”, sugeriría que para interesarse por la igualdad de las minorías raciales oprimidas hay que amar a esas minorías, o considerarlas una monada y una lindeza. Entonces, ¿por qué presuponer esto cuando se trata de gente que trabaja para mejorar las condiciones de los animales?


Peter Singer: Liberación animal, Taurus, México 2018. 


Conspiración 68

Este libro, en cuya investigación se ha invertido más de una década, devela a quienes desde la esfera del poder planearon y diseñaron, antes y durante el movimiento estudiantil, modelos de organización y conducción social vinculados a la propaganda con el propósito de que los horrores, los abusos y los excesos se asumieran como algo normal.

Los cientos de documentos históricos consultados, el acervo acumulado en casi dos décadas y las entrevistas a personajes que conocieron de primera mano o presenciaron los hechos de 1968, permiten adentrarse en los caminos subterráneos del sistema político: los submundos de mentiras, traición y engaño.

Para entender lo ocurrido antes, durante y después del movimiento estudiantil, es necesario desarmar los acontecimientos más relevantes.

Por ejemplo, la extraña sincronía entre la pelea callejera ocurrida el 22 de julio en la Ciudadela y la estrategia de propaganda puesta en marcha desde varias instituciones del Estado, entre ellas la Secretaría de Gobernación.


Jacinto Rodríguez Munguía: La conspiración del 68, Debate, México, 2018. 


Naipaul 

Este volumen magistral, que abarca cuatro décadas de escritura y cuatro continentes, reúne algunos de los ensayos inéditos más esenciales y reportajes cargados de reflexiones personales de uno de los observadores más sensibles, cultos e indescriptibles del mundo poscolonial. V. S. Naipaul despliega su implacable inteligencia emocional analizando las sociedades desde la India hasta Estados Unidos, y observando cómo cada una afronta los desafíos de la modernidad y las seducciones de su pasado, real o mítico.

Ya sea escribiendo sobre una cadena de asesinatos raciales en Trinidad, del loco y corrupto reinado de Mobutu en Zaire, de la Argentina de los generales o de Dallas durante la Convención Republicana de 1984, Naipaul combina su chispa intelectual con el dolor y la indignación, ofreciéndonos un análisis tan acertado que sus palabras bien podrían tildarse de profecías.

FRAGMENTO

Al ser de una isla pequeña —Trinidad no es mayor que Goa—, siempre me había fascinado el tamaño. Ver el ancho río, la alta montaña, hacer el viaje de 24 horas en tren; esos eran algunos de los placeres que ofrecía el mundo exterior, pero después de seis meses en la India mi fascinación por lo grande se ha teñido de inquietud. Pues aquí la inmensidad escapa a la imaginación, un cielo tan extenso y profundo que no puede abarcarse la puesta de sol de una sola mirada, sino que hay que examinarla por partes, un paisaje que resulta monótono por su tamaño y aterrador por su misma simplicidad y la sensación especial de agotamiento: miserables sembrados asfixiados en pequeños campos torcidos, personas desmedradas, animales desnutridos, aldeas y pueblos ruinosos que, aunque se desarrollen, tienen un aire de decadencia. Amanece, cae la noche; llegas y te marchas de las estaciones de tren indistinguibles entre sí, con el tablón del nombre hábilmente disimulado, entreactos bruscos y desconcertantes de ruido y gentío, y aun así el viaje continúa, hasta que la inmensidad deja de tener sentido y se hace insoportable, y deseas escapar de esa infinita repetición de agotamiento y decadencia.

Decir esto es decir lo evidente, pero en la India lo evidente es agobiante, y en los últimos meses he conocido con frecuencia momentos rayanos con la histeria, en los que deseaba olvidarme de la India, en los que me he cambiado a la sala de espera de primera clase o a un coche cama no tanto por la intimidad y la comodidad como por la protección, para cerrar los ojos ante los delgados cuerpos postrados en los andenes, los perros famélicos limpiando a lengüetazos las hojas de la comida, y para taparme los oídos ante el gañido del perro juguetonamente agredido. Conocí uno de esos momentos en Bombay, el día de mi llegada, cuando percibí la India únicamente como una agresión a los sentidos. Conocí uno de esos momentos cinco meses más tarde, en Jammu, donde la geografía simple y aterradora se hace patente: al norte, las montañas, una cordillera elevándose tras otra; al sur, más allá de las agujas de los templos, las llanuras, cuya inmensidad, ya experimentada, únicamente suscitaba desasosiego.

Pero entre esos momentos recurrentes ha habido muchos otros en los que el entusiasmo y el placer ocuparon el lugar del miedo y la inquietud, en los que la ciudad, al explorarla más allá de lo que se ve desde el tren, revela que el aire de decadencia es solo aparente, que en la India, más que en ningún otro país que he visitado, pasan cosas. Oír los ruidos del martillo y el metal en un pueblecito del Punyab, visitar una planta de productos químicos en Haiderabad, en la que gran parte del equipamiento es de diseño y fabricación indios, es comprender que estás en medio de una revolución industrial en la que, quizá por una publicidad deficiente, nunca habías creído de verdad. Ver las nuevas colonias de viviendas en los pueblos de todo el país era comprender que, ajeno a tanta palabrería sobre la ancestral cultura india (ante la que invariablemente voy a por mi lathi), el sentido estético indio ha revivido y es capaz de crear, con materiales que son internacionales, algo esencialmente indio. (En un alarde de insolencia, la ancestral cultura india ha hecho del hotel Ashoka uno de los edificios más ridículos de Nueva Delhi, un absurdo solo comparable con la Alta Comisión de Pakistán, insolente defensora de la Fe.)

He estado en aldeas dejadas de la mano de Dios, sin desarrollar y a medio desarrollar. Y donde antes solo había percibido desesperación, ahora tengo la sensación de que la desesperación está más en el observador que en la gente. He aprendido a ver más allá de la suciedad y las figuras acostadas en hamacas y a buscar las señales de mejora y esperanza, por tenues que sean: la carretera revestida de ladrillo, aunque pueda estar cubierta de porquería; el arroz sembrado en hileras en lugar de a voleo; el grado de tranquilidad con que el aldeano se enfrenta al visitante o al representante de la autoridad. He aprendido a buscar esas pequeñas cosas; mi mirada se ha ido ajustando con el paso de los meses.

Sin embargo, lo evidente siempre agobia. Uno es un viajero, y en cuanto la familiaridad ha aliviado el temor a un distrito concreto, ya ha llegado el momento de ponerse otra vez en marcha, de atravesar enormes extensiones que nunca resultarán familiares, que entristecen, y vuelve el deseo de escapar.

Aun así, el tamaño del país es en muchos sentidos solamente un hecho físico. Porque, acaso por el propio tamaño, los indios parecen sentir la necesidad de clasificar minuciosamente, de delimitar, de reducir a proporciones manejables.

“¿De dónde es usted?” Es la pregunta india, y para quienes piensan en términos de aldea, distrito, provincia, comunidad o casta, mi respuesta, que soy de Trinidad, solo sirve para confundirlos.

—Pero parece indio.

—Y soy indio, pero llevamos varias generaciones viviendo en Trinidad.

—Pero parece indio.

El diálogo se repite tres o cuatro veces al día, y ahora a menudo renuncio a dar explicaciones.

—En realidad, soy mexicano.

—Ah. —Gran satisfacción. Pausa—. ¿A qué se dedica?

—Escribo.

—¿Periodismo o libros?

—Libros.

—¿Novela negra, del Oeste, romántica? ¿Cuántos libros escribe al año? ¿Cuánto gana?

Así que he empezado a inventármelo.

—Soy profesor.

—¿Qué estudios tiene?

—Soy licenciado en filosofía y letras.

—¿Nada más? ¿Y de qué da clases?

—De química. Y algo de historia.

—¡Qué curioso! —dijo el hombre del autobús de Pathankot a Srinagar—. Yo también soy profesor de química.

Iba en el asiento al otro lado del pasillo, y nos quedaban varias horas de viaje.

En esta inmensa tierra de la India tienes que explicarte, definir tu función y tu situación en el universo. Es muy difícil.


V. S. Naipaul: El escritor y el mundo, Debate, México, 2018




—G. O.

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