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Domingo , 21.04.2019 / 23:14 Hoy

Los libros de Laberinto

Reseñas

Esta semana recogemos textos sobre Pascal Brissette, Kate Morton y Luis Jorge Boone; cuyas obras abordan la figura del escritor maldito, una historia donde la belleza se difumina con el arte y un retrato de la violencia mexicana, respectivamente
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La maldición de escribir 

Una de las figuras más fascinantes del imaginario literario es sin duda la del escritor maldito. ¿En qué época la desgracia y el infortunio se convirtieron en las claves del éxito para los hombres de letras? ¿En qué momento los escritores comenzaron a contabilizar sus sufrimientos y a exhibirlos a los ojos del público y de la posteridad? ¿Por qué empezamos a creer que un escritor en la desgracia podía ser más auténtico, más verdadero o más genial que un escritor dichoso y afortunado? Son las preguntas que Pascal Brissette responde lúcidamente en este libro. Considerada desde una perspectiva histórica, sociológica y discursiva, la maldición literaria se aborda simultáneamente como un mito susceptible de alimentar un imaginario (literario y social), como una manera de negociar una posición en el campo literario, y como un universo ficcional poderoso capaz de generar prácticas y posturas que pueden servir, en el plano colectivo, como marcas de legitimidad.

Pascal Brissette: Del poeta andrajoso al genio desdichado. FCE, México, 2018.


Tiempo, belleza y Arte

En el verano de 1862, un grupo de jóvenes artistas, guiados por el apasionado y brillante Edward Radcliffe, viaja a Birchwood Manor, una casa de campo en Berkshire. Tienen un plan: vivir los siguientes meses recluidos y dejarse llevar por su inspiración y su creatividad. Sin embargo, cuando el verano toca a su fin, una mujer ha muerto de un disparo y otra ha desaparecido, se ha extraviado una joya de valor incalculable y la vida de Edward Radcliffe se ha desmoronado.

Unos 150 años más tarde, Elodie Winslow, una joven archivista de Londres, descubre una cartera de cuero que contiene dos objetos sin relación aparente: una fotografía en sepia de una mujer de gran belleza con un vestido victoriano y el cuaderno de bocetos de un artista en el que hay un dibujo de una casa de dos tejados en el recodo de un río. ¿Por qué ese boceto de Birchwood Manor le resulta tan familiar a Elodie? ¿Y quién es esa hermosa mujer que aparece en la fotografía? ¿Le revelará alguna vez sus secretos?


FRAGMENTO

Vinimos a Birchwood Manor porque Edward dijo que estaba encantada. No era cierto, no entonces, pero solo los aburridos dejan que la verdad estropee una buena historia y Edward nunca lo fue. Su pasión, esa fe cegadora en todo lo que creía, era uno de los rasgos por los que me enamoré de él. Tenía ese fervor del predicador, esa manera de expresar opiniones que las transformaba en monedas relucientes. Y el hábito de atraer a las personas, de inspirarles un entusiasmo del que ni siquiera habían sido conscientes, tras el cual todo se desvanecía, salvo él y sus convicciones.

A pesar de todo, Edward no era predicador.

Le recuerdo. Lo recuerdo todo.

El estudio con techo de cristal en el jardín londinense de su madre, el olor a pintura recién mezclada, el roce de las cerdas del pincel contra el lienzo mientras su mirada me recorría la piel. Aquel día yo tenía los nervios de punta. Estaba ansiosa por impresionar, por hacerle pensar que yo era algo que no era, y sus ojos se paseaban por mi cuerpo y el ruego de la señora Mack daba vueltas en mi cabeza: “Tu madre fue una señora de verdad, tu familia fue importante, que no se te olvide. Juega bien tus cartas y tal vez recibas tu recompensa”.

Y así me senté bien erguida en la silla de madera de palisandro aquel primer día en esa habitación tan blanca detrás de una maraña de guisantes de olor.

Su hermana pequeña me trajo té y bizcocho cuando me entró hambre. Su madre, además, bajó por ese camino angosto para verle trabajar. Adoraba a su hijo. En él tenía depositadas las esperanzas de la familia. Distinguido miembro de la Real Academia, prometido de una dama de considerable riqueza, pronto sería padre de un montón de herederos de ojos castaños.

No eran para él las mujeres como yo.

Su madre se culpó a sí misma por lo que sucedió después, pero le habría resultado más fácil separar el día de la noche que a nosotros. Él me llamó su musa, su destino. Me dijo que lo había sabido al instante, en cuanto me vio bajo esa brumosa luz de gas del vestíbulo del teatro en Drury Lane.

Yo fui su musa, su destino. Y él fue el mío.

Ocurrió hace muchísimo tiempo; ocurrió ayer.

Ah, recuerdo el amor.

Este rincón, a media altura del tramo de escalera principal, es mi favorito.

Es una casa extraña, construida con el propósito de resultar confusa. Escaleras que giran en ángulos insólitos, hostiles a rodillas y codos y con pasos desiguales; ventanas que no están alineadas por mucho que uno las mire con la cabeza torcida; tablas del suelo y paneles en la pared con escondrijos ingeniosos.

En este rincón hay una calidez casi antinatural. Todos lo notamos la primera vez que vinimos y, durante esas primeras semanas del verano, nos turnamos para adivinar la causa.

Tardé un tiempo en averiguar el motivo, pero al final descubrí la verdad. Conozco este lugar tan bien como mi nombre.

No fue la casa, sino la luz lo que Edward utilizó para tentar a los otros. En un día despejado, desde las ventanas de la buhardilla se ve más allá del río Támesis, hasta las montañas de Gales. Jirones malvas y verdes, peñascos de caliza que se alzan hacia las nubes y un aire cálido que vuelve todo iridiscente.

Esta fue su propuesta: todo un mes de verano dedicado a pintar, escribir poesía y salir de pícnic, a cuentos y ciencia e inventos. A la luz que nos enviara el cielo. Lejos de Londres, lejos de miradas indiscretas. No fue de extrañar que los otros aceptaran sin pensárselo dos veces. Edward era capaz de poner a rezar al diablo, si así lo deseara.

Solo a mí me confesó su otro motivo para venir aquí. Pues, si bien el atractivo de la luz era innegable, Edward tenía un secreto.

Vinimos a pie desde la estación de tren.

Julio, y el día era perfecto. Una brisa jugueteaba con el dobladillo de mi falda. Alguien había traído bocadillos y nos los comimos sin dejar de caminar. Qué pinta tendríamos: los hombres con las corbatas aflojadas, las mujeres con el pelo suelto. Risas, bromas, diversión.

¡Qué gran comienzo! Recuerdo el sonido de un arroyo cercano y las llamadas de una paloma torcaz en lo alto. Un hombre que tiraba de un caballo, un carro con un muchacho sentado sobre fardos de paja, el olor a hierba recién cortada... Ah, ¡cuánto echo de menos ese olor! Unos rechonchos gansos de campo nos miraron con atención cuando llegamos al río y se pusieron a graznar valientes cuando nos fuimos.

Todo era luz, pero no duró mucho.

Ya lo sabías, claro, pues no habría una historia que contar si el bienestar hubiera durado. A nadie le interesan los veranos tranquilos y felices que acaban igual que empiezan. Edward me enseñó eso.

El aislamiento tuvo su parte de culpa; esta casa varada en un recodo del río como un enorme navío terrestre. El tiempo, también; los días de calor abrasador, uno tras otro, y la tormenta de verano de aquella noche, que nos obligó a quedarnos dentro.

Sopló el viento y los árboles gimieron y cayeron truenos por el río que apresaron la casa; dentro, la conversación giró sobre fantasmas y maldiciones. Había un fuego que chisporroteaba en la chimenea, las llamas de las velas temblaban y en la oscuridad, en esa atmósfera de miedos y confesiones deliciosas, algo malvado fue invocado.

No un fantasma, ah, no, eso no... Fue algo por completo humano.

Dos invitados inesperados.

Dos secretos guardados mucho tiempo.

Un disparo en la oscuridad.

Se fue la luz y todo se volvió negro.

El verano se echó a perder. Empezaron a caer las primeras hojas, que se descompusieron en los charcos bajo los setos cada vez más finos, y Edward, que adoraba esta casa, comenzó a acechar por los pasillos, atrapado.

Al final, no pudo soportarlo más. Guardó sus cosas para marcharse y yo no pude impedirlo.

Los otros le siguieron, igual que siempre.

¿Y yo? Yo no tenía opción; me quedé aquí.


Kate Morton: La hija del relojero

. Suma de Letras, México, 2019.




Muerte y cenizas

En un pueblo olvidado del norte de México, un niño camina por una carretera oscura, decidido a encontrar a los padres que lo abandonaron. El Chaparro, como lo llama la abuela Librada y el resto de su parentela, es menudo y escurridizo, campeón insuperable en el juego de las escondidas, gracias a un fantástico súper poder que cree detentar: es capaz de volverse invisible mientras imagina que el viejo ropero en donde se oculta de sus primos es el pozo sin fondo que aparece, siempre ciego y amenazante, en las leyendas que se cuenta su familia. De este pozo insondable emergen, en una suerte de coro ciego y doliente, las voces de los incontables desaparecidos del pueblo, víctimas de una ola de violencia que amenaza con aniquilarlo todo, con reducirlo a muerte y cenizas.

En esta novela tan breve como intensa, a medio camino entre la poesía y la narrativa, la ficción y el testimonio real, Luis Jorge Boone teje con extraordinaria sensibilidad una trama donde el desamparo, la orfandad de la infancia y el luto humano se interrogan por la proporción de alma que sobrevive a la crueldad que el hombre ejerce contra el hombre.

Luis Jorge Boone: Toda la soledad del centro de la Tierra

. Alfaguara, México 2019.



L. V.




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