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Domingo , 19.05.2019 / 11:34 Hoy

Ernesto Cardenal: "Cuando yo muera..."

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Con un testimonio de amistad y con sus propios versos, delineamos un retrato del sacerdote y poeta nicaragüense
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Lina Zerón


Me enteré de su existencia cuando cursaba la preparatoria. En ese tiempo, no alcanzaba a comprender los alcances y trascendencia de la obra del sacerdote Ernesto Cardenal. Me parecía extraño que un “cura” escribiera poemas de amor y abrazara causas sociales con toda la fuerza de los Evangelios, y de ser necesario con la de las armas. Estuve investigando sobre él y comencé a admirarlo, cada vez más.
Lo conocí personalmente el año 2000, cuando organicé un festival de poesía en la ciudad de Oaxaca, al que también asistieron, entre muchos otros, Otto Raúl González, Dolores Castro, Jorge Enrique Adoum y Claude Couffon. Desde entonces nos hicimos amigos y hemos coincidido en México, Nicaragua y otros países.
Hace cuatro años, en su cumpleaños 90, estuve con Cardenal en el Archipiélago de Solentiname. Ese día también se celebraba la reapertura de la capilla, en la que él oficiaba la “misa campesina”. Yo le pregunté si creía en Dios y me respondió: “Dios duerme todos los días conmigo en la hamaca. Diario me levanto en la madrugada y rezo una o dos horas, medito, me cuestiono por qué nos abandonó a sus hijos en la Tierra, por qué renunció a ser nuestro Dios, por qué permitió que hiciéramos solos los cambios en el mundo. Sí creo en Dios, pero nos dejó solos, por eso tantas guerras, por eso la Inquisición, las cruzadas…”.
Platicábamos en el pórtico de su cabaña, viendo el gran lago de Nicaragua y el majestuoso árbol del Kiri que le regalaba el sol entre sus ramas al atardecer, con un ron Flor de Caña en la mano. Él se mecía en su hamaca, y yo en una mecedora, muy cerca de él. Tomé su mano, su rostro lucía triste. Fue entonces que le pregunté por los epigramas de amor. Me dijo: “Cuando yo muera, me gustaría resucitar en un joven de 32 años y tener mi vida de entonces. Era muy enamoradizo, pero las chicas no me hacían el caso que yo deseaba; y no fue Claudia (una bibliotecaria que admiraba en los años sesenta) mi gran amor, fue otra, y otras. Si resucitara me gustaría que esto fuera distinto también”.


Ernesto Cardenal siempre me ha dicho que Solentiname es una verdadera comunidad: “Tú lo has visto. Los campesinos son artistas. Hace muchos años yo era el que les enseñaba a tallar la madera para hacer aves, tortugas y muchas otras cosas. Las pintaban de bellos colores, las llevaban a vender a Managua y eso los ayudaba con sus gastos. Somos una comunidad pequeña. Tú has conocido a la gente de aquí, son felices, todos trabajan para todos bajo el más puro y auténtico espíritu del comunismo”.
Ahí en el archipiélago es donde el profeta, más que sacerdote, escribió la Teología de la Liberación (con orientación marxista) y el Evangelio en Solentiname, motivo por el cual fue sancionado por el Vaticano.
El papa Juan Pablo II vino a México en 1983 y después pasó por Nicaragua. Cuando lo recibieron en el aeropuerto el presidente sandinista Daniel Ortega y sus ministros, entre ellos Ernesto Cardenal, ministro de Cultura, Wojtyla se paró frente a Cardenal, quien se arrodilló, le pidió la bendición y trató de besar su mano. Juan Pablo II no quiso, retiró la mano y lo reprendió severamente, con el dedo índice levantado, por el Evangelio de Solentiname, por su participación en la revolución nicaragüense y por aceptar un cargo público siendo sacerdote.
Desde 1984 se le prohibió —A divinis— oficiar misas y administrar los sacramentos por apoyar el movimiento armado sandinista, pero él siguió dando su misa campesina en Solentiname, bautizando niños a su manera: “Que salga el capitalismo y el consumismo del cuerpo de este niño y entre la doctrina marxista”, decía.
El 21 de enero, estuve charlando, como tantas otras veces, con él en Nicaragua. Estaba enfermo, delgado en extremo, demacrado, acompañado de Luz Marina Acosta, su asistente de toda la vida. Nos dijo: “Ya estoy muy cansado, ya no quiero seguir, no quiero que nadie me vea, es impúdico mostrarse así ante los demás”.
En 2018, Ernesto Cardenal estuvo cinco veces internado en el hospital por distintas causas: infecciones y neumonía, entre ellas. Dos días después de nuestro último encuentro, Luz Marina lo internó nuevamente. Ella y yo estamos en comunicación diaria, y coincidimos en que lo único que ha mantenido con vida al poeta es la espera del perdón de la Iglesia católica para irse tranquilo y, tal vez, terminar el que se supone que será su último poema —antes de ser internado, le pidió a Luz Marina que le comprara por Amazon once libros que tenía que estudiar para escribir ese poema: Hijos de las estrellas, para editorial Anamá, que me regaló con una dedicatoria muy hermosa; previamente había escrito Así en la Tierra como en el cielo, que se suponía iba a ser su “último poema”, publicado en la misma editorial—. En esa visita también me regaló un libro de Darwin, que había leído entre el 18 y el 21 de enero.
Desde Nicaragua, sus amigos, lectores y feligreses se organizaron para que el papa Francisco se enterara de su caso y le levantara el castigo. Se realizó toda una estrategia para ello y por fin, este 18 de febrero, monseñor Julio José Báez visitó a Ernesto Cardenal en el hospital para leerle el comunicado de la Nunciatura Apostólica, donde se dice que “El Santo Padre ha concedido con benevolencia la absolución de todas las censuras canónicas impuestas al Reverendo Padre Ernesto Cardenal”, quien sonrió con gusto. Ese día amaneció más animado, parece que un poco mejor. Esperemos a ver qué sucede con él y con la Fundación Ernesto Cardenal —casi todos los ingresos del sacerdote, poeta, teólogo, escultor, científico, son donados para que los niños enfermos de cáncer tengan más oportunidades de salvarse y una mejor calidad de vida, así como para darles educación profesional a los jóvenes de Solentiname, cosa que ha resultado muy bien.
De esta manera, comienza un nuevo ciclo de tranquilidad espiritual en la vida de Ernesto Cardenal, quien el pasado miércoles regresó a su casa, donde continúa su recuperación. Esperamos no sea ya muy tarde.
Agradezco a la vida haberlo conocido en su ser más íntimo y me quedo con un consejo que me dio: “Nunca caigas en la poesía de la élite. Hay que escribir para comunicarse con el pueblo, con la gente; por eso hay que hablar en un lenguaje comprensible, hay que ser sencillos, directos, sensibles con su realidad”.


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