Dónde está la ficción

La guarida del viento
Emmanuel Carrère en la Feria del libro de Guadalajara
Emmanuel Carrère en la Feria del libro de Guadalajara (Especial)

El discurso del magnífico narrador Emmanuel Carrère en la Feria de Guadalajara el 25 de noviembre pasado hacía una alusión larga a un ilustre antecesor. A sangre fría (1966), de Truman Capote, es no solo un antecedente ilustre del francés. Desde su publicación podemos decir que un nuevo fantasma, de carne y hueso, recorre la literatura. Las novelas de no ficción han sembrado un género que cada día logra más adeptos, y el premio a Carrère es un reconocimiento a esa tendencia en uno de sus puntales. Gracias a la transparencia de la novela de no ficción, las antiguas “novelas en clave” parecen anacrónicas. Si hubiera sido escrita hoy día, Los mandarines (1954) de Simone de Beauvoir, que aludía con nombres ficticios a Sartre, a Camus y a Nelson Algren, incluiría los verdaderos. Hoy no hay lugar para los disfraces o hipocresías.

Un punto culminante en la tendencia de no ficción fue la muy divertida La tía Julia y el escribidor (1977) de Mario Vargas Llosa, donde el mismo autor aparece con su nombre. En el año 2000, Carrère publicó El adversario que ya señala con nombre propio a Jean–Claude Romand, que mata a sus hijos y sus padres. Un tiempo después, en el 2009, el noruego Karl Knausgard publica el primero de los tomos de Mi lucha, que ofrece una versión descarnada y directa de su propia vida. El tema del padre recorre la literatura una vez más. En una línea similar, las novelas de Javier Cercas han ofrecido versiones de no ficción notables desde su obra maestra, Soldados de Salamina.

Pensando en todo esto recordé a Henry James, quien en su polémica con H. G. Wells en 1915 afirmaba que la ficción es la única fuente esencial de vida. Luego de publicar la defecuosa Boon, una novela en la que se burla de su maestro (llegaría a afirmar que las narraciones de James muestran la acción de “un elefante a la búsqueda de un guisante”), Wells afirmó que para James la novela es una pintura (es decir, según él, algo inútil) y que para él es una casa, es decir, un artefacto utilitario. Si Wells creía en la utilidad práctica del arte, James iba a rechazar esta comparación afirmando que solo el arte crea la vida (“It is art that makes life”). En un pasaje de Un tranvía llamado deseo, Blanche Dubois afirma: “No quiero realismo. Quiero magia”. Es lo que James quizá le hubiera dicho a la no ficción.

Pero la narrativa admite todas las rutas. Lo que cuenta en las novelas es que, séalo o no, todo parezca verdadero. Y eso al final siempre depende de la forma.