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Sangre azul

Toscanadas

"Me quedé pensando que este sexenio habrá mucho esfuerzo por promover la lectura. Y quizá se repitan los errores que se han cometido una vez detrás de otra: pensar en el libro y no en el lector". Esta semana en Toscanadas
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Estoy ahora en uno de los más bellos festivales literarios: Correntes D’Escritas, en Póvoa de Varzim, Portugal, tierra natal de Eça de Queirós. Son excelentes las mesas de discusión, la convivencia entre escritores y también la comida y bebida. Pero como todo festival, hay que pasar por el trago amargo de la ceremonia de inauguración. Es notable cómo los funcionarios, así sean funcionarios de cultura, pueden convertir un discurso sobre literatura y lectura en algo tan aburrido. A nadie se puede convencer de leer una obra clásica cuando los argumentos son numéricos, fríos, sobre la lusofonía o los dineros destinados para promover la cultura; pero a veces los funcionarios no dan para más. Y sin embargo hubo dos luces en la tal ceremonia. La primera se encendió cuando le dieron la palabra a Nélida Piñon.

Ella, desde adentro, desde el espíritu, nos hizo sentir a lectores y escritores que somos parte de la historia del humanismo, de una tradición que le da luz al ser humano. La segunda llegó con el presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa. Ah, qué envidia tener presidentes así: lúcidos, letrados, muy leídos, honestos y trabajadores.
Me quedé pensando que este sexenio habrá mucho esfuerzo por promover la lectura. Y quizá se repitan los errores que se han cometido una vez detrás de otra: pensar en el libro y no en el lector. Si en cada salón de clases pudiésemos poner una Nélida Piñon, entonces nuestro país se convertiría en uno de lectores, pues solo hay dos modos para llegar a amar los libros: por contagio o por descubrimiento personal. Y Nélida dio en el clavo: los libros nos hacen herederos de algo mucho más grande que una corona y un cetro.
En un mundo en que la realeza es una mala broma, en que los títulos nobiliarios son una fantasía, la forma de pertenecer a un casta noble ya no se da a través de una línea sanguínea, sino de un linaje espiritual.
Hace pocos años murió la duquesa de Alba, que se jactaba de ser la persona con más títulos nobiliarios, pero ahora caigo en la cuenta de que yo poseo más. Soy conde de Chéjov, duque de Dostoievski, marqués de García Márquez, virrey de Kafka, vizconde de Calvino, condestable de Onetti, barón de Hemingway, archiduque de Roth, príncipe de Maquiavelo, caballero de Cervantes, escudero del Siglo de Oro, zar de Tolstói, y así puedo seguir, porque la sangre del lector no está hecha de glóbulos rojos y blancos, sino de letras con las que puedo reconocer a mis antepasados hasta más de dos mil años atrás. Mi pequeña y angustiada familia tiene sus orígenes en Florencia; ahora caigo en la cuenta de que soy descendiente directo de Giovanni Boccaccio y de Dante Alighieri. Sono di sangue blu.


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