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Jueves , 18.04.2019 / 12:14 Hoy

Blanca Varela: un puerto permanente

Ensayo

Diez años han pasado desde la muerte de la poeta cuya obra es un canto a la extrema brevedad.
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Por Claudia Posadas


—Pero, Octavio, si ese puerto existe —dijo la poeta, refiriéndose a Puerto Supe, una localidad marítima de su natal Perú, donde pasó veranos con su marido Fernando de Szyszlo —con quien tuvo dos hijos—, José María Arguedas y Celia, su primera esposa, y Delia Bustamante.

Él sonrió (“siempre atento a las insinuaciones de la poesía en el habla diaria”, como ha referido Adolfo Castañón), y dijo:

—Ese es el título, Blanca, ya lo tenemos.

Fue lo que replicó Octavio Paz a la propuesta de su amiga Blanca Varela (1926-2009) para titular su primer libro de poesía. Ella quería llamarlo Puerto Supe, pero aceptó la propuesta del poeta y apareció como Ese puerto existe (1959), editado, por recomendación de Paz, por la Universidad Veracruzana y prologado por él. Es un volumen fundamental en la obra de Varela —y, de acuerdo con Mariela Dreyfus y Rocío Silva-Santisteban, el prólogo conforma una clave, “una pauta de interpretación fuerte, un camino marcado para las exegesis posteriores, una ruta muchas veces difícil de desmarcar”, pero también, según estas poetas peruanas, un escenario para el diálogo crítico.

El libro es fundamental, sobre todo, porque en él se delinean los rasgos de la estética de Varela y se perfila un tema que desarrollará a lo largo de su obra: la presencia y percepción de cierta “manifestación” de una/ otra realidad, como una forma de indagar y cuestionar la existencia, su misterio y su precariedad.

El pasado 12 de marzo se cumplieron diez años de la partida de esta poeta peruana quien, con Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy, Emilio Adolfo Westphalen, Arguedas y De Szyszlo conformaron la llamada Generación del 50 y con quienes coincidiera en el viaje iniciático al París de la segunda posguerra que todo intelectual latinoamericano debía realizar.

Emblema de la Generación del 50. (Cortesía: Vicente de Szyslo)

Fue allí donde conoció, junto con De Szyszlo, a Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Paz, quien los acercó a figuras como André Bretón. En París, Varela se relacionó también con Sartre y Simone de Beauvoir.

Protagonista discreta, pero poderosa de esta vanguardia latinoamericana, Varela obtuvo el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001), el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2006) y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2017).

Su obra puede consultarse en las antologías Canto villano. Poesía reunida, 1949-1994 (FCE, México, 1986); Donde todo termina abre las alas (Barcelona, Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores, 2001), Poesía reunida 1949-2000 (Casa de Cuervos/ Sur Librería, Perú, 2016) y Degollado resplandor. Blanca Varela. Poesía selecta (1949-2000) (selección de Miguel Ángel Zapata, Universitaria y Fundación Vicente Huidobro, Chile, 2019).

Poética liminar

Varela postuló una poética de precisión cargada de significados en tensión que se construye con los menos elementos y referencias posibles y apela, en la selecta trama de sus elementos, a la psique del otro en cuya lectura se cumplirá el poema.

También posee una voz escéptica que no da por sentado ningún orden, a través de la cual observa y cuestiona, con extrañeza, la realidad circundante. Como dice: “Qué demonios hay detrás de toda esa especie de juego increíble que es la vida”.

Un juego, un misterio, una trama que brilla, que late, que acecha, en la plenitud del día. Sin embargo, Varela nunca transgrede lo real; solo enuncia la posibilidad de lo otro, por lo que se mueve entre ámbitos de la percepción, aunque siempre dudando de los límites: “Cuál es la luz/ Cuál la sombra”.

EN su poesía, Varela nunca transgrede lo real. (Cortesía: Vicente de Szyslo)

Abre las alas

El planteamiento de Varela se complejiza y podemos observar el devenir de eso otro que circunda su creación. Se trata de un diálogo descarnado de la rosa matérica frente a la realidad y su naturaleza de tiempo, que toma la forma de diversos “fulgores” (el fantasma, el ángel, la sombra, una oscuridad, la muerte, un dios, la conciencia, un yo profundo) provenientes de “ese otro lado del espejo” que la poeta busca aprehender, en Luz de día (1963): “Tal vez el otro lado existe/ y es también la mirada/ y todo esto es lo otro/ y aquello esto”.

En Valses y otras confesiones (1972) Varela prescinde de la puntuación y desarrolla un versículo y una narrativa que, en ciertos poemas, conjunta con su estética de contención. Asimismo, contrapone su paisaje original con el mundo moderno y desarrolla su crítica al ethos civilizatorio en un magistral poema que es un diálogo fuera del tiempo con Simone Weil.

Por otro lado, el cuestionamiento a lo real, al ser y “al otro/ al que apaga la luz, al carnicero”, acendra su tono escéptico, preparándose para Canto villano (1978), que significa el recrudecimiento de su discurso. En el volumen, el poema es un canto “villano”, es decir, proveniente de la villanía, del pueblo llano; es el canto sin disfraces del pueblo-especie humana frente a una realidad mirada con escepticismo y frente a un ser que solo es “el querido animal/ (…) cuyos huesos son un recuerdo/ jamás tuvo sombra ni lugar”.

De esta forma, se abre camino a Ejercicios materiales (1993) donde, pese a que la voz continúa su indagación liminar: “ver: cerrar los ojos/ abrir los ojos: dormir” , al no tener respuestas, deviene en un reconocimiento, que no aceptación, de la materia perecible y en una confrontación con ese orden otro que ya es nombrada como un dios.

Así llegamos a El libro de barro (1993), su poemario más unitario y en donde da un vuelco a su poiesis. El libro, que implica una aceptación de los mecanismos de tiempo de ese todo existente y devela la materia-limo ancestral que genera-regenera por igual a hombres y dioses, es escrito en un versículo que asume la belleza y concisión de su obra: “Mirando a los dioses borrarse en el muro y a los hombres sangrar en el libro de barro”.

En Concierto animal (1991), la presencia del dolor frente a la pérdida de un hijo en un accidente aéreo en 1996 marca la escritura del libro. El trayecto del ser frente a una realidad puesta en vilo se cierra hasta el vaciamiento. En El falso teclado (2000), estamos ante la desembocadura del discurso y de la poética de la autora. En cuanto a su estética, la extrema brevedad nos recuerda su primer libro, aunque asimilados sus recursos con maestría.

Puerto Supe

En cuanto a la trayectoria, la voz se entrega sin resistencia a esos fulgores que la han acompañado, cumpliéndose aquel gran presagio, dicho ya desde su segundo libro: “donde todo termina, abre las alas”.

La poesía de Blanca Varela es un puerto permanente que continúa irradiando la luz de aquel Puerto Supe, paisaje no solo natal de Varela, sino estético ya que, en el poema homónimo, el primero que escribiera, la poeta encontró el paisaje de una poesía afincada en su identidad latinoamericana.

Asimismo, en dicha luz, percibió, acaso a la vera de la veta surrealista y existencialista en aquel París desde el que escribió ese texto, esa última sombra, como dijera Carmen Ollé, que plasmó desde ese primer texto: “Aquí en la costa escalo un negro pozo,/ Voy de la noche hacia la noche honda,/ o habito el interior de un fruto muerto”.

​El puerto permanece y nombra no solo a un poema, sino a una poética, por lo que es significativo que la Fundación Casa de Cuervos, animada por su hijo Vicente de Szyszlo, haya editado en 2014 una edición del primer libro de la autora titulado Puerto Supe, “que fue como ella lo llamó originalmente”.

La poesía de Blanca Varela se irradia más allá de ese punto de partida que Paz nos obsequiara, en diversos matices de la luz de ese puerto existente de nuestro mar hispanoamericano.

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