Antoine d’Agata: “Decidí no morir como un yonqui y contar una historia”

La fotografía es “un acto político vital”, dice el artista francés, y bajo este argumento ha documentado la sordidez de la prostitución, la violencia y las adicciones

No hay clemencia en la brutalidad de las imágenes que como metralla escupe la lente de Antoine d’Agata (Marsella, 1961): cuerpos histéricos postrados en una tenaz frecuentación de la violencia, el dolor y el gozo. El fotógrafo francés retrata la intensidad de la experimentación narcótica, el placer sexual llevado al límite y la determinación con la cual los seres humanos se empeñan en aniquilarse a sí mismos.

Protagonista de un gran número de sus imágenes, el fotorreportero acompaña uno de sus autorretratos con una frase lapidaria: “Mi único infierno soy yo, mi única salida es el otro”. En otra fotografía, se le ve barnizado con un polvo blanco de pies a cabeza mientras su rostro proyecta una expresión de desconcierto. Una imagen más lo muestra inyectándose heroína con un velo cubriéndole el rostro. Sus modelos proyectan la misma sordidez: una prostituta camboyana con aspecto de zombi es la figura central de una famosa serie fotográfica realizada en Phnom Penh. En su obra predominan los cuerpos deformados por la promiscuidad y las adicciones.

Con sus fotografías, D’Agata no busca redimir a nadie, justificar, explicar o mucho menos seducir. Son una embestida silenciosa ante la barbarie del mundo, y revelan la postura que ha adoptado frente a esa realidad. Más que arte, ha dicho, su obra es un acto político. Su protagonismo no tiene otro fin que cumplir con lo que considera un compromiso: “generar una posición propia, física y real”.

Hay algo en esas imágenes que sacuden al espectador. El fotorreportero francés no es el primero ni él único que ha viajado por el mundo documentando la violencia en ambientes marginales, pero pocos como él han descendido a las entrañas de brutales escenarios para ejecutar el papel principal.

En entrevista con Laberinto, durante una reciente visita a México, Antoine d’Agata habla sobre el tortuoso camino recorrido desde hace varias décadas retratando la espiral de violencia de algunas de las ciudades más caóticas del planeta. “El sexo, la delincuencia y los narcóticos, los excesos son una respuesta ante la agresión que ejerce el sistema en quienes no poseen nada. Documento la violencia que ellos generan, la increíble violencia que engendra el resentimiento”, asegura uno de los fotógrafos de la prestigiosa agencia Magnum que ha alcanzado mayor notoriedad. “Viven en ambientes marginales donde hay mucha fuerza. La autodestrucción es un acto de supervivencia. En esa lucha por sobrevivir a cualquier precio he encontrado más dignidad que en cualquier otro sitio”.

Sobre los protagonistas de su obra, él mismo ha hecho una descripción precisa en una especie de diccionario que acompaña sus exposiciones: “prisioneros de un dolor demasiado antiguo, que ya no puede llorarse, van engañando el hambre, la fatiga y el sueño, inhalan la muerte y la locura a través de pajitas de plástico”.

Sus imágenes destacan por un elemento que a él le gusta llamar “la belleza en el horror”. Para Antoine d’Agata, la belleza es la única forma de tocar el dolor. Ese concepto y su conocida adicción a la heroína y a otros narcóticos le otorgan un halo de misterio y atracción.

En reiteradas ocasiones ha argumentado: No consumo drogas porque no pueda fotografiar sin ellas. Lo hago porque no concibo fotografiar el mundo de las drogas sin estar directamente implicado en él. Nunca abordaría ese mundo desde fuera”.

México: viaje iniciático

Desde su adolescencia, Antoine d’Agata se ha movido en ambientes marginales. A los 16 años se lanzó a vivir en las calles de su natal Marsella, influido por la ideología punk y sobre todo por el movimiento situacionista: “era una mezcla de política y violencia; nos impulsaban a entender el mundo y a crear situaciones que obligaban a tener una vida feroz”. Eran los tiempos de The French Connection y en las calles corrían ríos de heroína. Muy pronto, como la mayoría de los jóvenes que frecuentaba, se volvió un yonqui.

De los situacionistas aprendió que tenía dos deberes que hasta la fecha se ha esforzado por cumplir: “El primero, entender el contexto político y económico en el que vivimos. El segundo, generar, a partir de ese contexto, una posición física, emocional, amorosa. Eso no lo logras con palabras, solo con acciones. Vi el exceso como una herramienta para acercarme más a la realidad”.

Esa rabia social, su deseo por no ser víctima del sistema político y económico, lo llevó a mudarse a Bristol y a Londres, donde vivió su etapa anarquista. Más tarde partiría a América. Ahí vio de cerca la guerra civil en Nicaragua, y en El Salvador se involucró con los  escuadrones de la muerte. “Iba por el mundo buscando esa fuerza salvaje, esa furia que generan los desposeídos. Me gustaba ir a cualquier lugar, mejor aún si había una revolución”, dice quien desde entonces renunció a “la indecencia del confort”.

Llegó a México cuando tenía 22 años. Recorrió muchas ciudades, casi todas del norte del país. En Tijuana probó por primera vez el cristal. “En muchos sentidos, fue un viaje iniciático. México fue para mí una tierra mágica. Pasaba el tiempo con prostitutas, borrachos, criminales, quienes representaban gente real”. En esa época, sus viajes no tenían un límite de tiempo. Permanecía lo mismo un mes que un año en un lugar. “Solo me interesaba ir hasta el final, siempre en la marginalidad, en el ámbito de la noche”.

Primero fue el activismo político. La fotografía llegó después. En su opinión, se convirtió en fotógrafo muy tarde: a los 30 años, cuando los demás le llevaban “mucha ventaja”. Estudió en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York bajo la tutela de Larry Clark y Nan Goldin. Ahí permaneció algún tiempo pero “no encontraba nada que me interesara retratar. Así que regresé a México y fotografié el mundo que conocía”. Aquí logró sus primeras imágenes como profesional. No fue difícil. Hizo con la cámara lo que llevaba años haciendo sin ella: vivir noches caóticas de sexo y heroína en sórdidos burdeles.

En las ciudades fronterizas “viví la experiencia de la carne y aprendí un lenguaje mortífero, más poderoso y más justo que el de la poesía”, y luego transformó esas vivencias en frenéticas imágenes.

Resultado de seis de sus viajes a México durante tres décadas, la segunda edición del Festival Fotoméxico presenta la exposición (y el libro Codex 1986–2016) en el Centro de la Imagen, en la Ciudad de México, hasta abril de 2018. Fotografías de cadáveres, seres deformes, fragmentos de cuerpos, actos sexuales y diversos autorretratos conforman “un diario tenso, construido con un material espeluznante”.  

La exposición, que reúne instantáneas, relatos cinematográficos y textos del propio D’Agata, revela el inexorable vínculo del fotógrafo con una comunidad que no es la suya pero de la cual se alimenta sin ninguna precaución. Más allá de la experiencia personal, conforma un complejo retrato de “una inestable sociedad criminal y su inevitable y prolongado descenso hacia una violencia cada vez más despiadada”.

Resulta un retrato oportuno de una nación herida por la violencia. Para transmitir su visión sobre el estado de emergencia, D’Agata hace uso también de la gráfica popular de los movimientos políticos y sociales de México, interviniendo las imágenes que se exhiben en el recinto capitalino.

No obstante lo atinado de su radiografía visual, el creador marsellés comenta que ha dejado de hacer fotografía en México. Cuestionado al respecto, dice que hasta hace poco “entendía la violencia de la cual yo fui parte. Esa violencia de los seres marginales. Pero ahora ha llegado a un punto en el que no se puede entender. Un punto de locura y crueldad inaceptable. No encuentro ningún sentido en eso. Dejé la cámara y con mucha humildad me he limitado a mirar con miedo y horror”.

Juego  perdido

Venerado como un fotógrafo “maldito”, D’Agata es considerado uno de los autores visuales más poderosos en la escena internacional, capaz de aprisionar el cuerpo de tal forma que aniquila cualquier atisbo de intimidad. “En sus imágenes no hay regreso ni salida. Ni otro camino que la inercia de la caída”, ha escrito Alberto García–Alix, fotógrafo y curador español de su más reciente exposición en Madrid.

Las calles han sido su hogar, y prostitutas y heroinómanos su familia. “Nunca he retratado a nadie a quien no amara profundamente”, sostiene quien también ha incursionado en la obra cinematográfica.  

 “Un artista auténtico debe pagar con su cuerpo. Para mí, la fotografía no es un modo de ver el mundo, sino un modo de ejercer mi libertad. Nace de la necesidad de comprometerme hasta donde nunca imaginé. Por eso hice de mí el material de mi propia obra, para no olvidar que cada gesto, que cada movimiento, me incumbe”. De ahí que su fotografía sea considerada más que una autobiografía, un acto militante, “una obligación moral”, la única forma justa de hacer documentalismo. “Nunca ha creído que pueda documentar el mundo desde afuera”.

Su compromiso ante el mundo continúa. La búsqueda por “la vida real” sigue ya sin el elemento revolucionario tan presente en su juventud. “Ha sido una búsqueda muy violenta, muy dañina”, asegura refiriéndose a las secuelas que han dejado las drogas.

Ahora, reconoce, “estoy luchando por no caerme. Mi cuerpo y mi mente están destruidos por la droga, pero tengo que seguir inventando mi propia vida, aunque no encuentre ningún sentido. La vida es un juego que estamos condenados a perder pero hay que seguir jugando. Yo decidí no morir como un yonqui y contar una historia”.