Los ofidios del mal

Reseña
'Los sueños de la serpiente', Alberto Ruy Sánchez
'Los sueños de la serpiente', Alberto Ruy Sánchez (Alfaguara, México, 2017)

Como en trabajos narrativos anteriores, en Los sueños de la serpiente (Alfaguara, México, 2017) hay una preocupación por la literatura como una poderosa forma de expresión artística, plasmada en un ejercicio del lenguaje que se imbrica en varios planos y trasciende, para revelar aspectos inquietantes de la realidad, las meras pretensiones comunicativas y de entretenimiento de los cultivadores de cierto realismo. En Los sueños de la serpiente se acentúa esa distancia insalvable entre los hechos y las palabras que los reformulan y hasta fabrican, no desde un orientalismo excéntrico, como en los libros del ciclo de Mogador, sino desde otra perspectiva: la barbarie criminal que, como una pitón insaciable, se ha alimentado de las utopías del siglo XX. Si hubiera que definir la poética de esta novela, no su mensaje (que es complejo y diverso) sino su poética, sería precisamente ésa: la realidad —histórica, social, psicológica— es apenas el cuento que nos hacemos de ella, el convenio colectivo al que obliga la maldad enmascarada tras el poder, cualquiera sea su signo. Los olvidos son silencios inventados. La memoria no es la argamasa del pasado sino un palacio de brumas que se abre de forma paradójica a vivencias alternas.

En la trama se entrelazan hábilmente distintas historias y escenarios que por momentos dan la sensación de ser ajenos entre sí pero que acaban integrándose en una suerte de banda de Moebius que transmite al lector esa angustiosa imposibilidad de encontrar un norte preciso. El narrador recibe unas postales anónimas en cuyo reverso aparece la imagen de una serpiente. A veces, el reptil sirve de ilustración a sueños en los que el misterioso redactor de las tarjetas despierta dentro de las pupilas de una víbora, tan alargadas que colman su cuarto. En otras ocasiones, los serpentígeros “ojos de nieve, de daga, de llama fría” aluden a personajes históricos específicos, por ejemplo a Sylvia Ageloff, la vilipendiada amante de quien se aprovechó Ramón Mercader para perpetrar el atentado contra León Trotsky. Estas estampas despiertan en el narrador, alter ego de Ruy Sánchez, el recuerdo carcelario de un taller impartido en Santa Martha Acatitla, donde las internas le muestran unos collages de gran fuerza visual, fragmentos de la identidad escindida, como los cubos de inexplicable perfección que afloran en la masa irregular de la pirita. A continuación se traza un puente con el escritor estadunidense Lawrence Weschler; con unos cursos impartidos en Vermont; con un claro en el bosque y un poema de Robert Frost; con los brillantes descubrimientos del neurólogo Oliver Sacks, que por su parte conectan con el insólito caso de las hormigas de Camerún, parasitadas por un hongo que se aloja en su cerebro y florece en un cuerno de espora a través del cráneo, enloqueciéndolas sin matarlas, metáfora de los perversos sueños de dominación de los líderes mesiánicos, de la psicopatología colectiva de las sociedades divididas entre la belicosidad y el sufrimiento. Paralelamente, se van revelando datos del desconocido autor de las postales, ahora llamado La Silueta: como Ramón Mercader, fue amante de Sylvia Ageloff. Abrazó ciegamente la causa del comunismo. Emigró a Estados Unidos y luego a la Unión Soviética, donde trabajó en la planta armadora que Henry Ford le vendió a Stalin, y sufrió en carne viva la censura y la represión, el feroz antitrotskismo de Lenin y Stalin. La Silueta es un hombre centenario. Sobrevivió a los macabros experimentos mentales de un científico anglo-ruso, fue paciente de Oliver Sacks, está internado en un manicomio desde donde envía las tarjetas y, más tarde, tapices que antes colgaban en las paredes, dibujos, notas. Resulta que La Silueta podría ser un bisabuelo extraviado del narrador. Éste, para hacerse eco de las voces de su probable pariente y tratar de dilucidar la sinrazón del mundo, imita el método del misionero renacentista Matteo Ricci, atiborrando los muros de su casa con esos retazos de memoria que recibe. Hay una última línea argumental que deriva en una especie de ensayo político sobre el estalinismo: La Silueta sirvió a Lavrenti Beria, jefe de la NKVD, íntimo de Stalin, brutal genocida bajo sus órdenes.

Con su inteligente simbología de reptiles enroscados sin remedio en el alma podrida de las sociedades, Ruy Sánchez reivindica plenamente la novela de ideas.