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Sábado , 23.06.2018 / 02:49 Hoy

La suma cero de los locos

A fuego lento


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Roberto Pliego

¿Cómo calificar a una escritura que se refiere al “tema del plato”, al “tema de la maternidad”, al “tema del juez familiar”? Tan solo como una escritura dispuesta a tomar cualquier atajo con tal de concentrarse en el argumento, una escritura proveniente de la jerga empleada por los opinadores políticos y deportivos. De este modo, Arde Josefina no es sino la mitad de lo que deberíamos exigirle a una buena novela. Se conforma con la trama y con las desventuras de sus personajes.

Las familias son campo fértil para el odio y la traición. Siguiendo esta certeza, Luisa Reyes Retana arroja a un par de hermanos en brazos de unos padres incapacitados para el cuidado y el amor, y obligados a vivir en Pachuca mientras añoran la normalidad inglesa en la que nacieron. Josephine Mary Aspers y Juan son víctimas de un abandono que se manifiesta en los rituales caprichosos de la patología: ella cultiva una culpa inconfesable, él padece esquizofrenia. Nos movemos entonces por los terrenos movedizos de la enfermedad mental, con sus episodios inconexos y su estela de rechazo, adicciones, terapias, medicamentos. Juan no es nada sin Josephine y Josephine solo puede reconocer una llama de compasión en sí misma mientras cuida de Juan.

La locura de Juan y el orden metódico de sus padres son el combustible que impulsa la conducta de Josephine. A estas alturas, el lector creerá que tiene en sus manos una novela de corte introspectivo, en la cual los pensamientos imponen una atmósfera. Muy pronto abandonará esta sospecha para comprobar con desaliento que las acciones son siempre contrapunteadas por la intervención de una psicoanalista insoportablemente didáctica. “El autoengaño suele convertirse en decepción”, dice con una autosuficiencia profesional que habría sacado de quicio a Vladimir Nabokov. Si a tal intromisión agregamos una subtrama paranoide —la presunción de un asesinato, un cadáver exhumado, un policía receloso—, obtenemos un triste resultado.

Creo, sin embargo, que la mayor falta de Arde Josefina debe buscarse en su tono. Contiene demasiados arrebatos. Josephine, por ejemplo, prende fuego a su casa por poco menos que la necesidad de ser malcriada. Con Juan todo es arañazos, vómitos, escupitajos, masturbaciones en público. Estamos, es cierto, frente a la enfermedad mental y sus terribles manifestaciones, pero el arte narrativo suele llevarse muy bien con el verbo dosificar: el exceso de condimento termina por malograr un buen ingrediente.

Por cierto: Arde Josefina ganó el Premio Mauricio Achar 2017.

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