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Sábado , 23.03.2019 / 05:20 Hoy

La dictadura del algoritmo

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Los algoritmos son en la actualidad uno de los factores más determinantes para la vida cotidiana. Desde sus usos relativamente inocuos, que ayudan a orientar los gustos culinarios, vacacionales o musicales de la gente, hasta usos militares o de vigilancia, bastante más siniestros (al parecer, los algoritmos pueden llegar a ser racistas, pues, por ejemplo, en Estados Unidos se utilizan para determinar con mayor eficiencia qué zonas de ciertas ciudades deberán tener mayor vigilancia policiaca y, oh sorpresa, normalmente determinan que debe ocurrir en las zonas de población mayoritariamente negra), los algoritmos son la Biblia contemporánea, por la cual juramos estar decidiendo la mejor opción para maximizar nuestra experiencia de vida (y nuestros gobernantes, también). En términos corporativos, los algoritmos también alimentan la fantasía de poderle vender finalmente el producto perfecto al consumidor indicado, eliminando las imperfecciones humanas que impiden que alcancemos al fin la promesa de libertad absoluta (para consumir) que nos brinda la democracia neoliberal.

Me parece que detrás del culto al algoritmo se encuentra la fantasía de conseguir que la vida obedeciera de una vez por todas a criterios absolutamente programáticos, predecibles, que no solo eliminaran la irrupción del azar (y de la fatalidad), sino que nos brindaran la certeza de estar viviendo la vida correcta las 24 horas del día (para eso nos ayudan a determinar la cantidad de sueño óptima), los siete días de la semana. Evidentemente, el asunto no es tanto que se logre ese objetivo, pues es manifiestamente imposible, como creer que ocurre hasta donde lo permiten las posibilidades de esta especie tan falible como somos. No necesariamente la lista que Spotify me presenta según mis gustos musicales pasados es la música que mayor disfrute me produciría escuchar, pero en tanto yo crea que así es y que Spotify me conduce por llanuras musicales a las que mi pobre intelecto y mi mal gusto jamás me habrían guiado, entonces el algoritmo cumple a la perfección su cometido espiritual de tranquilizar el alma (por no hablar de los miles de millones de ganancias que genera en el proceso).

Entonces, quizá los nuevos anarquismos comiencen a tomar la forma de un acto llevado a cabo por el grupo Vulfpeck, que en 2014 lanzó un disco llamado Sleepify, consistente de 10 canciones de puro silencio, con duración de entre 31 y 32 segundos cada una (el mínimo para que Spotify considere una canción como formalmente escuchada es que pase la barrera de 30 segundos). Después pidieron a sus fans que dejaran el disco “sonando” en loop mientras dormían, de manera que se acumularan las escuchas, por las que Spotify paga a los músicos .007 centavos por canción. El resultado fue que ganaron casi 20 mil dólares, y con ello prometieron dar conciertos gratis en agradecimiento. Lo malo es que con ese acto demostraron que tampoco se puede aún entregar el control total de la sociedad a los algoritmos, pues sin ofrecer explicación alguna, al poco tiempo Spotify decidió retirar el disco de su catálogo.

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