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Miércoles , 20.06.2018 / 08:07 Hoy

Fábulas de Nochebuena: Los falsos regalos

Cuento navideño de Magali Velasco Vargas, autora de 'Vientos machos', 'Tordos sobre lilas', entre otros 

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Magali Velasco Vargas

Presentamos relatos en los que la Navidad rompe las líneas temporales, enfrenta a los personajes con sus fracasos, deja que el asombro se renueve con los milagros y presagia la llegada de un invitado excepcional.


De lunes a sábado, durante el trayecto al Bancomer, Carmina ve a la indigente. Hoy, además de saber recientemente que no ganó la vacante de Directora, se da cuenta de que desde hace dos años ve a esa mujer de edad incalculable, golpear puertas de los autos para que reparen en su mano extendida. En una ocasión, la indigente hizo lo mismo con Carmina mientras revisaba su WhatsApp. Del susto tiró el celular y furiosa le gritó a través de la ventanilla cerrada: “¡No tengo, carajo!”

Por unos segundos, Carmina vio con claridad el rostro enjuto y simiesco de la mujer, con la piel lacerada por el sol y cabellos largos en gajos amalgamados por la grasa. Desde aquél sobresalto, antes de detenerse frente al semáforo, Carmina se cuida de cerrar las ventanas, la busca y no la pierde de vista esperando a que llegue hasta su Crossfox para entonces clavar la mirada en su celular. Nunca más volvió a verla a los ojos, simplemente menea la cabeza negando, diciendo en voz baja, “no tengo”.

No han pasado 24 horas desde que publicaron los resultados de las vacantes en Bancomer, coincidió con el brindis de Navidad que harán hoy en el banco. Al final Ruth González, quien también llegó de Veracruz como ella, será promovida y ella no.

El Crossfox rojo está a cuatro coches del semáforo, Carmina ve a la mujer con pantalones de mezclilla enormes, amarrados con un mecate, lleva la misma sudadera parca que un día fue rosa pálido, los pelos amarillos y a su mente viene la imagen de un troll, ¿quién le habrá pintado así los pelos?, se pregunta. Una camioneta blanca Rav4 la separa de la indigente. Nadie le da limosna, el termómetro del auto marca 6° C, para Xalapa, una temperatura baja. Entre los vapores de los escapes de los autos, los pelos amarillos avanzan y se detienen a un costado del auto, una mano golpea la fría lámina de la puerta. Carmina distingue en el rostro un golpe, entonces se avergüenza de su repulsión hacia la mujer. En lugar de esconderse en su celular, busca y encuentra en el portavasos una moneda de 10 pesos. Baja la ventanilla, no quiere saber a qué huele ella, aguanta la respiración y rápido le da la moneda al tiempo que avanza junto con los otros coches. No escucha el “gracias”.

Ese cruce está a una cuadra del estacionamiento del banco. Antes de descender ve en la parte de atrás la bufanda envuelta para regalo que compró especialmente para Ruth, por navidad y por el puesto. Duda en bajarla, creía que lo tenía controlado, que podría comportarse hipócritamente madura. Resultó que desde que abrió el correo con los resultados han pasado dos noches que no duerme y que siente miseria y odio en la boca del estómago. Es Navidad, se repite, pero al final en un arranque que ni ella lo comprende decide no bajar el regalo.

En la entrada al banco le pregunta al guardia de la sucursal si conoce a la indigente y si sabe desde cuándo vive en la calle. “No siempre ha vivido en la calle, esa señora tenía una casita de lámina y vivía con otra viejita junto a donde construyeron el Oxxo. Afuera de la choza siempre había muchos gatos y cuando vino el presidente a inaugurar el Hípico, les quemaron la casa porque se veía bien gacha, jodida y apestosa por los gatos. Dicen que fue en la noche. Los vecinos salieron, pero al final no las ayudaron La más viejita creo que se murió esa noche; la que gritaba horrible y puteaba a los policías era la que se quedó en el crucero”. Carmina alcanzó a distinguir a lo lejos a la indigente ir y venir entre los coches. “Pero lo que a mí me pudo–continuó el guardia– fue ver a los gatos trepados en los escombros, eran más de diez y parecían zopilotes merodeando entre las cenizas. Un día, no te sé decir cuándo, de pronto vi a la señora pidiendo limosna

Carmina respira profundo, se despide más aturdida aun del guardia por la historia que acaba de escuchar y entra en el banco, directo a su escritorio. Al ver que Ruth González no ha llegado y tampoco su amigo gay Ramiro Fuentes, el mal humor se intensifica. Y la cabrona se da el lujo de llegar tarde, piensa. Enciende su computadora, nota que se le desprendió el esmalte polish de la uña del dedo índice derecho. No hay nada qué hacer con la uña, mitad roja mitad opaca porque el polish se llevó la primera capa. No hay nada que pueda hacer para evitar ver a Ruth con rencor. Se reprocha haberla creído amiga, haber ido con ella a tomar algo después del trabajo y haberle confesado estar enamorada de un hombre casado. El clásico, dijo Ruth.

En el transcurso del día, Carmina no dejó de pensar en la historia de la indigente. La perspectiva que tenía de la horrible mujer del crucero, cambió. Fue cayendo en la cuenta de que la casa miserable “afeaba” el camino por el que transitarían los de gobierno. Y la otra habitante, la anciana, ¿habría sido la madre?

Los últimos clientes abandonan el banco a las 16:30 horas, Carmina al fin puede mirar hacia la calle, la neblina envuelve las casas y difumina las siluetas de los autos. Ramiro Fuentes es el alma de la fiesta, pide a todos reunirse alrededor del árbol artificial de casi dos metros de alto adornado con esferas azules y plateadas. Se reparten copas de plástico llenas de sidra para el brindis. Carmina repara en los falsos regalos con moños azules que completan la escenografía bajo el árbol iluminado. Después de las palabras de la Directora que está por jubilarse, da la bienvenida y felicitación a la Licenciada Ruth González, excelente ser humano y de impecable currículum, que a partir de enero de 2018 será la nueva Directora.

Carmina levanta su copa, brinda, después aplaude como los demás y piensa en el regalo que se quedó en el auto. Mientras los colegas abrazan a Ruth, Carmina se ocupa en levantar las botellas vacías, apuradamente se acomide para que todo quede impecable. Desea irse lo más pronto posible, está por cumplir diez horas en ese lugar. Piensa en su novio o como sea que deba llamarlo que no volvió a enviarle un mensaje por lo que adivina que esta noche no logrará escaparse para verla. Los compañeros más jóvenes quieren ir a celebrar con tragos antes de las cenas familiares, la hostigan para que los siga, ella se excusa pretextando que ya tiene compromiso y Ramiro le dice, “para mí que te vas con tu novio”. Ella sonríe desganadamente. Se abriga y toma su bolsa, impaciente de que le abren la puerta principal. Escapa a paso veloz. Al bajar el último escalón del estacionamiento, el tacón se atora en una grieta y se desploma. A pesar de que alcanzó a meter las manos, la media de la rodilla derecha se rompe dejando al aire el raspón con sangre. El frío y el cansancio de ese día, le impiden ponerse en pie. Es como si sobre su espalda hubiera caído también una loza. De pronto, una mano la sujeta por el brazo, su cuerpo vuelve a activarse y se endereza. Quien la ayuda es la indigente. Instintivamente, se hace a un lado alejándose. La mujer le pregunta “¿te lastimaste, muchacha?”, Carmina percibe un fuerte olor de alcohol rancio, ve que sostiene debajo del brazo un cuaderno. No hay nadie más en el estacionamiento. La mujer al ver la reacción de Carmina se da media vuelta y se aleja con pasos muy cortos. Carmina al ver que la hizo sentir incómoda le pregunta qué escribe. La mujer se detiene, se gira despacio y con voz débil, entrecortada contesta: “De los Gerombolos, la primera civilización, el primer pueblo”. “¿Cómo dijo?, pregunta Carmina, pero la mujer la ignora, no logra retener su atención. ¿Cómo te llamas?, pregunta Carmina con más confianza y escucha con extrañeza la respuesta, quiere decirle que ella también se llama así. Y es cuando la mira con detenimiento, ella también lleva el pantalón roto a la altura de la rodilla, se le hace un nudo en la garganta. Es 24 de diciembre y el frío se cuela por la ropa, la neblina parece más densa. “Te voy a dar un regalo”, le dice avanzando hacia el coche. Sus manos están tan frías que no logra aprehender las llaves del auto, cuando saca la bufanda, la otra Carmina está atravesando la calle, se pierde entre la neblina y las luces navideñas de las casas. Le hubiera gustado preguntarle sobre el tinte de su cabello pero sabe que en dos días volverá a topársela, entonces le dará la bufanda también.

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Magali Velasco Vargas (Xalapa, Veracruz, 1975) ha publicado Vientos machos, Tordos sobre lilas y El cuento: la casa de lo fantástico. Cartografía del cuento fantástico mexicano.


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