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Lunes , 18.06.2018 / 03:06 Hoy

Cultivo del odio

Bichos y parientes


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Julio Hubard

El Fondo de Cultura Económica publicó los dos primeros tomos de la obra inmensa de Peter Gay, De Victoria a Freud. En realidad es una trilogía y uno quiere imaginar que el tercer tomo saldrá también. Pero quién sabe, porque los tomos ya publicados hace tiempo que aparecen como fuera de catálogo. Es triste. Que no se venden, dicen. Pero eso es lo de menos: el FCE debiera mantener disponibles sus obras más importantes, se vendan o no. ¿Que nadie compra a Braudel, o a Cassirer, o a Jaeger? No importa: tienen que estar ahí porque se trata de una apuesta frente a la cultura y la civilización, no ante el mercado.

Los primeros dos tomos son una investigación erudita y obsesiva de la sexualidad, el erotismo, las “suaves pasiones”, los enamoramientos. Ese entuerto que fue la sexualidad victoriana y la experiencia burguesa.

Michel Foucault inicia su Historia de la sexualidad con un tono molesto. “Nosotros los victorianos” es el ensayo introductorio: halla los cuerpos rígidos, encorsetados, el deseo suprimido por una moral que teme al cuerpo.

Son dos modos completamente distintos de encarar la historia. Gay es mucho más prolijo, conversador y hasta chismoso. Foucault es duro, serio como una momia y brillante. Pero tanto el historiador como el arqueólogo de las ideas saben que la era victoriana es el laboratorio (y por laboratorio hay que entender el del Dr. Jeckyll) donde se cuece un profundo malestar respecto del cuerpo, los goces, los placeres y, junto con eso, la incorporación de una idea repugnante: la evolución de las especies, que nos hace hijos del limo, seres malolientes y peludos. La repugnancia y el deseo.

La obra de Peter Gay permanece inigualada en su envergadura, ambición y erudición. Pero dije que era un trilogía. Dos tomos ya fueron publicados (y olvidados) pero falta el tercero: The Cultivation of Hatred (“El cultivo del odio”). Se trata del tomo más significativo para nuestros días. La frustración como moral, el rencor como política, la disciplina de la violencia y sus caminos alternativos, la calumnia, el engaño, y todo eso fijado en formas, reglamentos, leyes. En la era victoriana se regulan los deportes, pero también los duelos. Una urgencia de legislar lo que de suyo es inaceptable.

Una intuición muy simple: las virtudes son individuales, pero los vicios y la corrupción forman redes y vínculos. Peter Gay ha escrito un libro disparejo y estupendo que nos ayudaría mucho a comprender, entre muchas otras cosas, los motivos actuales de una vida política que odiamos y que no podemos dejar de cultivar. Contra nosotros mismos.

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