Casino ‘gulag’

Antes de que llegara la ambulancia logramos ver el  final de una fiesta. Se acabó el año. Todos se abrazaban olvidando los insultos, el asco secreto hacia las vidas ajenas.
Los vasos chocan como una madrugada aquí abajo en "El cisne", un cabaret clandestino que funcionó en San Miguel Chapultepec, en esta calle, en los años 30 y hasta entrados los 60.
Los vasos chocan como una madrugada aquí abajo en "El cisne", un cabaret clandestino que funcionó en San Miguel Chapultepec, en esta calle, en los años 30 y hasta entrados los 60. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

En la mitad de la noche, nada. No una voz conocida, no el silencio, no la sombra de un enfermo terminal recargado en la barda. Jamás será el pasado deslizándose en ese nervio hipnótico que se llama: herida. No la compañía de alguien amado. Nací al final de la guerra, en un país sin guerra ¿cómo podría saber qué significa? Salvarme del fuego cruzado, librar un asalto, regresar de un secuestro: algo insignificante. Los muchachos ebrios ríen en sucias mesas de billar. Un fantasma se asoma por la ventana de un departamento en la calle de Agustín Melgar número 73. Llegó la ambulancia. Miden tus pulsaciones, los signos vitales. Todo tras comer un inofensivo dulce de maple canadiense. Mientras ponían el estetoscopio en tu corazón, susurraste: ¿qué pensaría el mayordomo de Stalin cuando murió? Nada más feroz que un ruso, nada. Son perros a los que les soltaron la cadena. Cada vez que amanece presiento que puede ser el final de algo. De todos nosotros, los que desafiamos el horror con una madrugada más de insomnio, con un voraz trago, intentando romper algo que nos envenena por dentro en mitad de la noche. Aquí vamos a encontrar nuestra muerte, en estas desoladas calles en la víspera de Año Nuevo. Puedo ver Constituyentes desde las nuevas ventanas que hice.

—Ahora tiene luz, se escucha la ciudad.

Sobre la mesa, los objetos que rodean mi vida: un hombre aficionado al ron blanco. Plantas, un cenicero de metal. Cenicero de vidrio cuadrado y pequeño. A espaldas de la mesa, una repisa con platos, vasos, jarras. Ella me cuenta algún pasaje de infancia, no soy cura, me dan ganas de pedirle que se calle, algo en su mirada me conmueve, así que la dejo hablar. La piedad de un hombre puede medirse en la forma en la que permite hablar a otros, callar y arder por dentro, ese es tal vez el castigo más grande.

—Hice las ventanas porque sé que nadie de nosotros puede escapar del tiempo, sé que nada puede curarme, porque las paredes no deberían tapar nada. Abrí ventanas donde existían muros. Ahora puedes mirar afuera.

Ella no es la reina de nada, de ningún castillo, ni de ninguna esquina de la ciudad, arrumba el miedo como un montón de cadáveres de guerra en la nieve. Un ruso al que le volaron las piernas en plena batalla, sin piernas, sin una mano, disparaba contra nosotros, alemanes, ellos tenían fuerza, no tenían orgullo. Sostienes una de las cartas de mi bisabuelo, dos guerras mundiales, murió atropellado por un delfín, (un microbús) cerca de Circuito Interior y Juan Escutia. Lees en voz alta. La noche tiene luz propia, se agota como una carta deslavada por los años. Agotada de tanto leerla, algo muerta, sin opciones en una era cuya guerra se exhibe en escaparates de modernos gulags, cuadritos de oficina, horno de microondas para recalentar la comida, una cafetera descompuesta. Modernos-miserables-gulags de realidad virtual, sádicos.

—No puedo criticar la guerra, tampoco puedo hablar de sus víctimas. Creo que no puedo distinguir entre víctimas y victimarios, se confunden en algún momento. —Imposible entender algo de esa naturaleza.

—No tiene sentido.

—En una cena de Navidad o mitin que promuevan el cambio social, te quemarían las buenas personas en la hoguera de perfecta moral, pagada por el sufrimiento de millones, atrapados en una falsa creencia, ¡ni siquiera pueden darse el lujo de ir a una protesta social!

—Que me quemen, solo los que vivieron la guerra entienden la guerra. Aliarse o morir.

—Algunos prefirieron morir.

—Vaya rendición.

Los vasos chocan como una madrugada aquí abajo en El cisne, un cabaret clandestino que funcionó en San Miguel Chapultepec, en esta calle, en los años 30 y hasta entrados los 60. La apacible calle de viejos jubilados que atravesaban para buscar algo de compañía y beber una copa en paz, es otra en este año sin cabarets. Tan solo quedan salones decadentes que huelen a orines y éter. Alte Kameraden es una especie de himno en Chile, lo usa la escuela militar Menadier Rojas. América es una contradicción aterradora. La espalda me duele todavía, no es lo mismo ser albañil que arquitecto. Cargué los costales para hacer mis ventanas, medí el espacio hasta creer que perdería la razón, trazando una y otra vez un plano sin entender qué era un plano, nunca había dibujado nada en mi vida. Con la enorme paciencia del ego, batí la mezcla hasta no sentir los brazos, piqué la piedra del muro, conseguí el vidrio cortado, me fallaron las medidas en una ventana. El herrero pagado por anticipado quedó mal, tuve que conseguir otro que fue ayudante en un taller de metal. Se fue la luz en el edificio porque conectamos mal todo. Así que no me digas que: “se puede escuchar la ciudad”, es mucho más que eso, no vengas a recordarme lo que ya sé de ti, de nosotros. Los muchachos ebrios ríen en las mesas de billar, estuvieron algunas noches en las que buscamos la muerte en sitios clandestinos de la colonia Guerrero, te reíste con ellos, tomamos cerveza, fumamos cigarros baratos. Existen noches que olvidamos.

—No veo el problema. La naturaleza humana es tan sórdida.

—¿Qué te provoca la figura de la hoz y el martillo?

—Vómito.

—¿Las banderas nazis?

—Diarrea.

—¿No te afiliarás a una corriente política?

—¿Para que me obliguen a cavar mi propia tumba y me ordenen acostarme en sentido contrario a otros cadáveres que encontraré mientras meto la pala?

—Tal vez.

—No podría hacer nada contra un bombardero, ¿tú?

—Mi bisabuelo se cayó de uno con su perro, no murió.

Orden social, la ilusión demócrata. Todos quieren jugar en el casino gulag, la moderna época posmo-feudal. En un pequeño departamento de la colonia Tránsito, un desempleado de 37 años juega RuneScape todo el día mientras su madre trabaja para un laboratorio médico transnacional. Tal vez nadie quiere ser campesino en el siglo XXI, un gold farmer obtiene más por su cosecha en un día que ellos en un año. Miles de hombres hambrientos por conseguir dinero, recolectan oro y monedas virtuales que después cambiarán por efectivo en sus cuentas. No alcanzarán a pagar sus deudas. Viven en el futuro que ya sucedió antes, los medios son otros. Hemos regresado a la edad media, tenemos a la posmodernidad alimentándose de nuestros temores infestados de cáncer social. El que nace esclavo: morirá esclavo. Los señores posmo-feudales arrojan monedas sucias a una galera de seres deformes formados eternamente por un carnet de ineficiente seguridad social. No importa lo fuerte que grites, desde ese teléfono móvil que jamás apagas, el que te angustia cuando la pila se apaga, el mundo te aplastará. Los bancos tienen tu voluntad, tienen tu dinero. Nosotros los pobres, ustedes los que tienen bitcoin. Códigos binarios. Enajenación, conflictos sociales, nula movilidad social, la promesa de glorias pasadas gobierna las mentes. Humanos como sacos de lona abandonados en un campo desierto. Y nadie suelta sus tabletas pese al fétido olor a muerte. Modernas prisiones cortan nuestra escasa voluntad, no queda mucho. Caminé entre hordas de personas abatidas, no llegaban a ninguna parte, sufrí inútilmente. Un día me cansé. Empecé a sangrar, no sentí dolor, al menos dos balas estaban en mi brazo, me apoyaba con las piernas, con el torso. Descubrí que mi cuello era importante para soportar el peso de mi cuerpo herido. Vi mitades de hombres que se arrastraban tratando de encontrar un sitio seguro, cabezas, manos. Encontré una mujer con las entrañas expuestas. Escuché voces en ruso subiendo por una barranca y con la manga de una chaqueta me hice un torniquete. Tuve que arrancar el pedazo de tela de un brazo inerte y desgarrado. De pronto una bota me golpeó en la nariz, Todo se apaga. Prisionero de guerra a los siete años. Mi madre, días atrás la habían apoyado en las pajas de un granero durante más de cuatro horas, el vecino no hizo nada. Solo mirar, igual que yo, un niño aterrado que soportó ver a más de 20 hombres pasar encima del tembloroso cuerpo de lo que quedó de su madre. Doblas la carta, los que hablan de guerra, los que gritan por la justicia que no entienden, los nacidos después de la guerra, ignoramos la guerra. Antes de que llegara la ambulancia, desde la ventana, logramos ver el  final de una fiesta. Se acabó el año. Todos se abrazaban olvidando los insultos, el asco secreto hacia las vidas ajenas. Botellas, copas, servilletas de tela roja entrelazadas en cintillos dorados que tienen flores de Nochebuena impresas, artificiales y muertas, como tu sonrisa. Las buenas madres nunca llevan a sus hijos a los parques, atizan con una vara los dedos cuando se equivocan mientras tocan en el piano alguna sonata de Franz Liszt. En una mesa con manteles de fiesta, ellos: las buenas personas, devoran un cerdo que jamás pudo ver el cielo.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).