‘Chemo’, sudor y lágrimas
Son limpiavidrios, faquires, lavacoches, cirqueros urbanos, asaltantes, franeleros, pordioseros; pero también futbolistas, basquetbolistas, beisbolistas, atletas y ajedrecistas. Por dos semanas, mil 400 chavos en situación de abandono participan en el 19 Mundialito Callejero.
México • Sobra el entusiasmo, juegan como si se disputaran la final de un campeonato mundial con millones de televidentes. Son las eliminatorias de futbol rápido, conocen bien las reglas aunque no hay muchos goles. En la tribuna, pocos ponen atención a lo que ocurre sobre el pasto sintético, en lugar de eso juegan a darse de balonazos, se insultan, se ríen, se ensañan con uno de ellos que muestra movimientos aletargados, le cuesta trabajo repeler los cañonazos pero hace evidente con una carcajada chimuela que se está divirtiendo como pocas veces. Ahí se mezclan olores a Resistol 5000, a thinner, a sudor, pero sobre todo a resistencia y esperanza.
Del 9 al 20 de julio el Deportivo Oceanía de la Ciudad de México abre las puertas a mil 400 jóvenes en situación de abandono, es el 19 Mundialito Callejero, un torneo multidisciplinario que busca otorgarles confianza para que de una vez por todas se alejen de las adicciones y comiencen a construir un proyecto de vida. Es una iniciativa creada por la casa Hogar Renacimiento y apoyada por 36 organizaciones más, el Instituto de Asistencia e Integración Social (Iasis), la Secretaría de Desarrollo Social del GDF y el DIF.
Ahí se disputan los trofeos de futbol rápido, soccer, atletismo, basquetbol, beisbol, ajedrez y dominó. Cuando esto empezó, hace 19 años, todos creían que era una locura, que reunir a tantos chavos de calle sería peligroso, que habrían batallas campales y que no beneficiaría a nadie, comenta José Vallejo, fundador y director de Casa Hogar Renacimiento, organización que da techo, comida, y asistencia médica, pero sobre todo actividades para que los “niños de la calle” construyan un plan de vida. “En abandono social, es el término, no les decimos ‘niños de la calle’”, hace énfasis, pues esa expresión estigmatiza y discrimina, hace ajeno el problema. Es certero al acusar que “Los verdaderos ninis son aquellos que ni los ven ni los escuchan ni los atienden”.
Su fundación ha logrado que 273 muchachos se reintegren a su familia, y 87 estudien una carrera a pesar de tener todo en su contra. Jonathan Monroy es uno de ellos. 19 años, tez morena, estatura media, cabello negro. Habla con seguridad, con madurez, porque conoce bien el abandono, lo vivió en carne propia. Su historia comenzó igual que la de muchas personas que están destinadas a nacer, crecer, reproducirse y morir en las calles. “Yo nací cuando mi mamá estaba en la calle”, se anima a contarnos. “Ella tenía problemas con mi papá que también vivía en la calle, la familia nos rechazaba y a mí en lugar de darme comida me daban droga: activo, mariguana, cualquier sustancia que no era comida, para mantenerme estable”.
La vida lo colocó en el lugar más bajo de la cadena alimenticia. Si ha habido una constante en todos ellos se llama rechazo; han aprendido a convivir con él, el de su familia primero, el de una sociedad intolerante que prefiere voltear la mirada para otro lado y el de los gobiernos que promueven un estilo de vida primermundista en algunos casos y decide no hacer casi nada en otros. A pesar de todo, él ha logrado alejarse de las adicciones y estudia la carrera técnica de trabajo social. En futbol se pone una calificación de 9 y piensa demostrarlo en sus chutes durante el mundialito. ¿Su madre? Aún habita en el campamento de Artículo 123 y Humboldt, en el Centro del DF, es lava autos y una de las 3 mil 282 personas que viven en la calle, según el último censo del IASIS. A veces la visita.
El árbitro da el silbatazo final, suave y ascendente como chicharra de carrito de camotes. Jugó Tacubaya contra Geovillas y toca el turno de Portales contra La Raza, un delantero de este último nos platica mientras se pone la casaca y se amarra las agujetas. Es Óscar Rodríguez, nació en un pueblo de Michoacán y vive en una calle cerca del monumento a La Raza. Dice que al día se embolsa la nada despreciable cantidad de 200 o 300 pesos, pero a costa de magullar su cuerpo: se acuesta sobre vidrios rotos en los vagones de la línea 5 del Metro. Llegó a vivir a la calle “cuando mi hermano me abandonó a los ocho años en la Central de Abastos”, desde entonces se ha drogado, ha robado, asaltado, pero ahora se ha acercado al bendito lugar común de preferir “ganarse una moneda honradamente en lugar de andar quitándole las pertenencias a los pasajeros”. En ocasiones acude a casas hogar para bañarse y comer, pero prefiere regresar a La Raza, no le es fácil alejarse de donde siempre ha vivido.
Óscar baja las gradas de dos en dos, aprieta el paso hacia donde se concentra su equipo. Luego suena el pitido inicial, juegan las eliminatorias y juegan también para abrirse un espacio en la rancia sociedad.








